Archivos de la categoría ‘China’

Chuan Zelman, sicofante

12 Agosto, 2009

Acabo de leer esta nota y he llegado a la conclusión de que a Gelman le chifla el moño…

Ser poeta es un oficio muy difícil. Expandir los horizontes de nuestra capacidad expresiva es tarea lo suficientemente ingente como para exigirle al poeta que además ejerza de analista político e historiador. Todo el mundo tiene derecho a la opinión, pero no hay que confundir el saber combinar bien las palabras con el decir verdades. Como soy un charlatán entrenado y calificado, sé perfectamente a que me refiero. Cuando uno tiene la habilidad lírica, la tribuna y el ejército de acólitos de Gelman, debería darse cuenta de que lo que sale de su boca o pluma ya no son meros episodios de música combinada, sino armas con poder. Por esa razón, quien esté en la posición de nuestro poeta sefardí, debería aprender a medir mejor lo que dice, si no quiere caer en el mamarracho y el esperpento.

La última contratapa de Juan Gelman en Página/12 es un fárrago sicofántico que sería bufonesco si no rayara en lo patético. En aras de halagar a sus premiadores chinos (Gelman recibió hace poco el Premio Antílope Tibetano de Oro que otorgan el gobierno de la provincia de Qinghai y el Instituto Chino de Poesía), Juancito escribió un panegírico del régimen pseudo-maoísta en el que no pude encontrar siquiera una metáfora que me halagara el oído.

El artículo comienza citando el lema del festival en el que Gelman fue condecorado, muy probablemente (aunque eso esté por verse), por obra y gracia del Gongchandang.

“Trascender la realidad y la materia. Reconstruir la poesía y el mundo espiritual del ser humano” es el lema de este festival…

Es cierto que era un festival de poesía, pero resulta irónico ver que un evento oficial en una república estalinista, cuya ideología oficial sigue siendo el Marxismo-Leninismo (con características chinas, eso sí), se inspire en una frase que parece sacada de un libro de Paulo Coelho. Traduttore, traditore, y tal vez en chino no suene tan cursi.

Juancito arranca contando su experiencia en el Celeste Imperio, quiero decir, la República Popular.

Visité China por primera vez en 1960 y por segunda vez en 1964. Cuando volvía visitarla en abril de 2009, 45 años después, percibí el enorme cambio entre un país que salía de la esclavitud, del hambre y la miseria gracias a la Revolución, y el país de hoy, que goza de un extraordinario desarrollo económico y un creciente bienestar del pueblo

Aunque Juancito estuvo ahí cuando estaba todavía en pleno desarrollo, parece que no vio las consecuencias del Gran Salto Adelante, que según el Gran Timonel iba a traer para China mil años de progreso de las fuerzas productivas, pero que salió tan mal que causó la muerte por inanición de unos sesenta millones de personas. El desarrollo económico impactante y el crecimiento aceleradísimo del que habla Juancito es el resultado de las políticas de Deng Xiao Ping, que han transformado a China en un país hipercapitalista con el número de millonarios jóvenes más alto del mundo, que viven obsesionados por el lucro y el dinero fácil, y que de rojos no tienen ni la lengua.

Desde allí, el panegírico del régimen desciende al nivel de puro lameboteo. Según nuestro poeta, el gobierno chino acaba de lanzar un Plan de Acción Nacional de derechos humanos,

que garantiza la vigencia de los derechos básicos, civiles y políticos de toda la población, incluidos los niños, mujeres y ancianos, las minorías étnicas y los discapacitados…

y que en el futuro,

abolirá la pena de muerte, aumentará la independencia del Poder Judicial, se flexibilizará la censura en los medios y las casas editoriales, se liberará a los presos por razones políticas que no hayan atentado contra la seguridad del Estado

Juancito nota que tal solemne lanzamiento pasó desapercibido en los medios de occidente, aunque la noticia haya sido publicada en el New York Times (siempre me pregunto, ¿cómo hacen algunos para enterarse ellos solitos de lo que los medios nos quieren ocultar colgando en Internet? ¿Tendrán más tiempo para leer los diarios que los demás?). Secretismos conspirativos aparte, me resulta un poco extraño que Gelman, teniendo la trayectoria que tiene, no se haya dado cuenta de que las declaraciones políticas no “garantizan la vigencia de ciertos derechos”, sino que los consagran como el desideratum del estado, que teóricamente se compromete a respetar esos derechos y a desfacer los entuertos que los violenten. Digo teóricamente, porque más a menudo de lo deseable, los estados hacen de sus declaraciones papel higiénico… digo mojado, y es por eso que las asociaciones que defienden las libertades civiles y los derechos políticos no han perdido su razón de existir y por lo que todavía, nos guste o no, necesitamos abogados…

Si hay un estado al que le cabe ese sayo, es a la República Popular. Si Juancito hubiese leído la información ocultada por el NYT en Internet, se habría dado cuenta de que todos los derechos que el Plan dice consagrar, ya están “garantizados” por la Constitución de la República Popular. Es cierto que el Plan de Acción puede representar un cambio de actitud y un paso, que no un salto, adelante, pero el diablo está en los detalles y lo que no se dice es a veces más importante que lo que se cacarea. Uno se pregunta por qué un estado necesita un plan bianual para abolir la pena de muerte, cuando bastaría un ley que dijera,

art. 1º queda abolida la pena de muerte en todo el territorio de la República.

art . 2º comuníquese, publíquese, archívese.

Además, las intenciones abolicionistas del gobierno chino no están tan claras. Amnistía Internacional (AI) informa que “en varios campos de los derechos civiles y políticos, como los relativos a la pena de muerte, [...] el nuevo plan se limita a repetir leyes y políticas” que ya existen, pero que nunca se han aplicado. Juancito al menos reconoce que en China no hay ni sombra de poder judicial independiente y que la censura es la orden del día, flagelos que él afirma que el Plan vendría a paliar,  pero que AI se encarga de desmentir que lo vaya a hacer. El informe de AI agrega que el Plan no hace nada para controlar ciertos abusos como  “el hostigamiento, la detención y el encarcelamiento de presos de conciencia [...] la censura de Internet y de otros medios de comunicación, y el uso continuado de formas de detención administrativa, como la reeducación por el trabajo”. Por mi parte, no voy a explayarme acerca de las contorsiones metafísicas de Juancito para justificar la represión de conciencia. Basta con recordar que en toda dictadura el mayor delito contra la seguridad del estado suele ser el de pensar por cuenta propia.

Toda esta manifestación de espíritu rastrero debería ser razón suficiente para sonrojar hasta al más pusilánime de los bufones del rey, pero Juancito no se conforma y remata el artículo con un joyita de tergiversación histórica, seudo anti-imperialismo barato y paranoia conspirativa.

EE.UU. y otra potencias occidentales alimentan a los grupos terroristas y separatistas que procuran despedazar a China en feudos y virreinatos débiles y fáciles de dominar. China es una con el Tibet y Taiwan desde el fondo de los siglos y su desmembramiento crearía una situación muy grave para todo el mundo

Me pregunto si Gelman se ha olvidado de que los estados van y vienen y de que China es el poder imperial más antiguo del mundo. China no conquistó el Tíbet hasta la dinastía Yuan (1271-1368), que es la de Kublai Khan, el amigo de Marco Polo, que no era chino, sino mongol. Durante la dinastía Ming (1368-1644), el Celeste Imperio perdió jurisdicción sobre el techo del mundo, hasta que los invasores manchúes volvieron a unificar China con el Tíbet y Mongolia Exterior. El caos en el que se hundió el país tras la revuelta de los Boxers, fue aprovechado por los ingleses para conquistar Lhasa en 1904 y obligar a China a “liberar” al Tíbet, convirtiéndolo en un territorio “protegido” por su Graciosa Majestad dos años más tarde. Este estatuto semi-independiente duró hasta 1959, cuando Mao Zedong entró en Lhasa para recuperar para los chinos lo que sólo los mongoles y los manchúes supieron alguna vez conseguir. La isla de Formosa, antigua colonia holandesa de nombre portugués, no formó parte del Imperio Chino hasta 1683, cuando fue anexada por el emperador Kangxi, el tercero en la dinastía Qing, es decir, un manchú. Formosa o Taiwán se convirtió en país independiente en 1949, tras la derrota del Guomindang de Chiang Kai Shek en la guerra civil entre nacionalistas y comunistas que continuó desangrando a China después de años de brutal ocupación japonesa. Chiang era un corrupto y un autoritario, y siguió creyendo hasta su muerte que China pertenecía a Taiwán, pero los Taiwaneses de hoy parecen no estar tan de acuerdo y se ven a sí mismos como habitantes de un país independiente.

Contrariamente a lo que creen los imperialistas chinos, el constante devenir entre unificación y partición es tan intrínsicamente chino como la porcelana, la seda o el papel. China se ha desmembrado mil veces sin que el resto del mundo pareciera haberse dado cuenta. Imagino que Juancito eso no lo sabe y que el preferiría que Mongolia Exterior, que ha sido independiente por la mayor parte de su historia, también estuviera unida a China, así él podría dormir más tranquilo y fuera de graves peligros.

Lo que sí no creo que Juancito ignore es que Nixon se reunió con Mao en 1972, encuentro que resultó en la exclusión de Taiwán del Concejo de Seguridad de la ONU, privándolo incluso de su asiento en la Asamblea General, que pasó a ser ocupada por la República Popular. Tampoco creo que no se haya dado cuenta todavía de que EEUU, Canadá y el Reino Unido, entre otros, siguen una política de “China Unida”, que ha convertido a Taiwán en un país que de jure no existe para la gran mayoría de las naciones de la Tierra.

Tampoco puede ser que Juancito no sepa que si algo no pide el Dalai Lama es la independencia del Tíbet y el desmembramiento de la República Popular. Hace años que Tenzin Gyatso repite una y otra vez que él sólo está a favor de dar al Tíbet mayor autonomía dentro de China. Yo soy un federalista irredento y tiendo a desconfiar de los que se obsesionan con su tierra y su patria chica, pero reconozco que hay casos en los que un pueblo puede sentirse incómodo en el marco político en el que está y optar por andar el camino propio. No me sorprendería si los tibetanos no se sintiesen del todo bienvenidos por las políticas de la gerontocracia de Beijín. Por años, el régimen chino ha aplicado un plan de Hanisación de todo el territorio. Esta política consiste en llenar de chinos Han cada provincia de la República en la que una minoría distinta de la Han sea el grupo dominante. Dicha política ya ha hecho desaparecer al manchú, que era la lengua de la última dinastía imperial que entre 1616 y 1911 obligó a todos los varones del Celeste Imperio a raparse la mitad de la cabeza y llevar trenza. Otro grupo étnico que ha sufrido han sido los mongoles de Mongolia Interior, que han visto como sus antiguos vasallos intentan borrarlos del mapa cultural. Como pocos han sufrido los Uigures, que tienen la desgracia de ser musulmanes y hablar una lengua altaica que se escribe con una versión persa del alfabeto árabe, tecnología mucho más eficaz que el estéticamente bello, pero funcionalmente inútil, conjunto asistemático de caracteres chinos…. pero para Juancito, todos estos grupos étnicos no tienen ni historia, ni cultura, ni voluntad. Son apenas marionetas manipuladas por los agentes de la CIA, que parece estar muy ocupada en hacer que toda rebelión contra el estado chino fracase estrepitosamente.

A mí la teocracia feudal de los monjes lamas no me produce ninguna simpatía, el Islam me parece una ideología atrasada, reaccionaria y misógina y los mongoles no parecen haberle aportado a la humanidad mucho más que carreras de caballos y una técnica especial para raptar las vírgenes ajenas. Pero si esos pueblos se levantasen mañana y decidieran ser independientes del Imperio Chino, allá ellos. Todavía creo en el derecho de autodeterminación, por el que en otra época, Juancito hubiese justificado hasta una bala en la nuca.

Invitado a participar en un evento de la Liga por la Libertad de Europa, George Orwell declinó respetuosamente diciendo que él “era de izquierda, y que no podía colaborar con una asociación conservadora que pretendía defender la democracia en Europa, pero que no tenía nada que decir acerca del imperialismo británico” (Carta a la Duquesa de Atholl [15 de Nov. 1945], The collected essays, journalism and letters of George Orwell. Vol. 4, In front of your nose, 1945-1950, Londres: Secker & Warburg, 1968, p. 30). No tengo ni un cuarto de la valentía de Orwell y vivo en un mundo mucho menos peligroso que el suyo. Pero si tuviera que elegir, quisiera ser como Eric Arthur Blair hasta el final y no como Juan Gelman. Porque tengo la sangre roja y el corazón a la izquierda; y prefiero el peligro de estar solo y sin acólitos ni tribuna ni premios, a la sumisión perruna ante el trono de los timoneles de imperios totalitarios, que siguen siendo imperios, por más antiguos y “admirables” que sean.