Archivos de la categoría ‘Castellano’

Perro urbano

8 Noviembre, 2009

Tras más de dos semanas de cielo gris y garúa, hoy amaneció un día diáfano. Aprovechamos el buen tiempo para ir a Roslin, una aldea pequeñita en el alfoz de Edimburgo. Roslin saltó a la fama cuando al infame de Dan Brown se le ocurrió que el Santo Grial estuvo alguna vez enterrado en la colegiata de San Mateo, conocida como Rosslyn Chapel. Roslin Glen in autumnUnos años antes ya había dado que hablar cuando Ian Wilmut y Keith Campbell clonaron a la oveja Dolly en los laboratorios del Roslin Institute. Lo que es menos sabido es que al costado de la capilla se encuentra el Roslin Glen, un parque natural formado por el valle del río Esk y donde todavía se ven las ruinas del castillo del conde de Caithness y barón de Roslin. El otoño es la más melancólica de las estaciones, pero también la más poética, aunque sólo sea porque te obliga a usar más adjetivos para describir los colores de un paseo bucólico. Bajamos por la humedad de una hojarasca de ocres, azules y rojos hasta la bóveda que los robles autóctonos y los sicómoros alógenos han construído sobre un torrente oxidado por el hierro y custodiado por helechos, que estaban allí antes que los dinosaurios y que seguirán allí cuando hayamos dejado de existir. Un puente de madera nos llevó hasta el otro lado del valle, donde unos abetos en hilera montan guardia sobre un prado de un verde que sólo se ve en esta isla. Ya es noviembre y el plano de la eclíptica comenzó a apurarnos la vuelta con un sol al que lo invade una palidez de muerte cuando aún no se avizoran las cuatro de la tarde. Ya en casa preparé un almuerzo de reparo. Apenas había terminado de comer cuando no me quedó mas remedio que resignarme y aceptar que soy un perro urbano, al que un par de horas en el campo lo sumen en el más profundo de los letargos…

Entrance to Roslin Castle(Fotos: otoño en Roslin Glen y puente de entrada al Roslin Castle)

EL 18 de Brumario nuestro de cada día

24 Octubre, 2009

Ayer tuve una reunión con mis supervisores y me dijeron que por primera vez en mucho tiempo había entregado un escrito que era coherente, interesante, muy bien argumentado y entretenido de leer. Aprovechando el buen humor provocado por tales comentarios, hoy fuimos con Manolita a comer una pizza a la Favorita, un ristorante italiano a estribor del Leith Walk. Decidí pedir una pizza que, según el menú, estaba rociada con aceite de trufas. Jamás había oído hablar de un óleo semejante y se lo comenté a Manolita, tras decidirme por tal variedad pizzera. Vino il cameriere y Manolita ordena su elección, y la pizza que yo había decidido degustar, pero “sin aceite de trufas”. “¿Por qué razón?” le pregunté sorprendido, a lo que contestó que porque era obvio que a mí nada que tuviera algo que ver con las trufas me podía gustar. Recordé las veces que salíamos a comer con mi familia materna y a la hora de los postres mi abuela declaraba ex cathedra que a mi abuelo le gustaba el helado de vainilla. El viejo no lograba siquiera abrir la boca cuando “ploac” dos bochas de helado de vainilla eran depositadas sobre su plato sin que le quedase más remedio que comer lo que sin dudas a él le encataba… Al menos nos reímos al unísono, y me quedé pensando en cuánta verdad hay en eso de que la historia se repite… aunque en este caso sea las dos veces como farsa…

Un segundo de eternidad

14 Agosto, 2009

Deutsche Übersetzung

No es ningún secreto que Bielefeld no es la ciudad más interesante de Alemania. Más de trescientos mil habitantes en un mar de tranquilidad aldeana, donde el silencio lastima el oído. Casi un páramo cultural, que no ha aportado más que una magra contribución a la tradición literaria más importante de Europa, Bielefeld no tiene una sola marca de identidad que produzca un impresión agradable a los sentidos, además de la monstruosidad sesentista que es el campus de la universidad, que aunque pretenda ser funcional, sigue siendo tan lúgubre como un panóptico. La universidad intenta incansablemente torcer este destino, pero aún así, es como si a Bielefeld la separaran de su universidad algo más que media docena de paradas de tranvía. Es como si a la universidad le costara menos llegar a las páginas de los diarios que a la plaza del pueblo.

En la tierra que vio nacer a los hermanos Humboldt, donde los museos de ciencias naturales son maravillas más grandes que las pirámides de Egipto, a Bielefeld sólo le ha tocado el NAMU (Museo de la Naturaleza, el Hombre y el Medioambiente). El Museo desilusionaría a cualquiera que quisiera pasar una agradable tarde científica. La colección es pequeña y no posee ningún objeto que atraiga particularmente la atención. Sin embargo, en su recepción hay un inscripción en piedra que hizo que de algún modo mi visita tuviese algún sentido. Cincelado en la roca hay un poema, que los hermanos Grimm inmortalizaron en el cuento El Pastorcillo. Leí el poema en mi infancia, en la Historia de la Humanidad de Van Loon. La versión de Van Loon dice así,

Muy al norte, en la tierra de Svithjod, hay una montaña de diamante de una milla de altura, una milla de ancho y una milla de espesor. Cada mil años vuela hasta allí un pájaro y afila su pico en la cumbre. Cuando debido al desgaste producido por el roce, la montaña haya desaparecido, habrá transcurrido entonces un segundo de eternidad

La Historia de Van Loon fue un hito en mi vida intelectual. Siempre me vienen a la mente los dibujos que la ilustraban, como la colina de Troya, cuya búsqueda llevó a Schliemann a la locura; o el bosquejo que representaba el suicidio de Aníbal, que mostraba al héroe cartaginés tocado con su casco y con su dignidad intacta. Allí leí por primera vez que nosotros los católicos podíamos ser los malvados de la historia (Van Loon era luterano y contaba la historia de la Guerra de los Treinta Años o de la Inquisición desde el punto de vista protestante).

El descubrimiento de la inscripción en el NAMU fue como una vuelta al hogar de mi niñez sin televisión, una época en la que empecé a aventurarme en el mundo de los libros. Una época en la que Alejandro Magno y Julio César, Phileas Fogg, Edmundo Dantes y Robinson Crusoe, Simbad el marino, Sandokán y sus Tigres malayos, junto con flaustista de Hámelin y los músicos de Brema, extendían el horizonte plano de mis praderas sudamericanas… hasta la eternidad.

Chuan Zelman, sicofante

12 Agosto, 2009

Acabo de leer esta nota y he llegado a la conclusión de que a Gelman le chifla el moño…

Ser poeta es un oficio muy difícil. Expandir los horizontes de nuestra capacidad expresiva es tarea lo suficientemente ingente como para exigirle al poeta que además ejerza de analista político e historiador. Todo el mundo tiene derecho a la opinión, pero no hay que confundir el saber combinar bien las palabras con el decir verdades. Como soy un charlatán entrenado y calificado, sé perfectamente a que me refiero. Cuando uno tiene la habilidad lírica, la tribuna y el ejército de acólitos de Gelman, debería darse cuenta de que lo que sale de su boca o pluma ya no son meros episodios de música combinada, sino armas con poder. Por esa razón, quien esté en la posición de nuestro poeta sefardí, debería aprender a medir mejor lo que dice, si no quiere caer en el mamarracho y el esperpento.

La última contratapa de Juan Gelman en Página/12 es un fárrago sicofántico que sería bufonesco si no rayara en lo patético. En aras de halagar a sus premiadores chinos (Gelman recibió hace poco el Premio Antílope Tibetano de Oro que otorgan el gobierno de la provincia de Qinghai y el Instituto Chino de Poesía), Juancito escribió un panegírico del régimen pseudo-maoísta en el que no pude encontrar siquiera una metáfora que me halagara el oído.

El artículo comienza citando el lema del festival en el que Gelman fue condecorado, muy probablemente (aunque eso esté por verse), por obra y gracia del Gongchandang.

“Trascender la realidad y la materia. Reconstruir la poesía y el mundo espiritual del ser humano” es el lema de este festival…

Es cierto que era un festival de poesía, pero resulta irónico ver que un evento oficial en una república estalinista, cuya ideología oficial sigue siendo el Marxismo-Leninismo (con características chinas, eso sí), se inspire en una frase que parece sacada de un libro de Paulo Coelho. Traduttore, traditore, y tal vez en chino no suene tan cursi.

Juancito arranca contando su experiencia en el Celeste Imperio, quiero decir, la República Popular.

Visité China por primera vez en 1960 y por segunda vez en 1964. Cuando volvía visitarla en abril de 2009, 45 años después, percibí el enorme cambio entre un país que salía de la esclavitud, del hambre y la miseria gracias a la Revolución, y el país de hoy, que goza de un extraordinario desarrollo económico y un creciente bienestar del pueblo

Aunque Juancito estuvo ahí cuando estaba todavía en pleno desarrollo, parece que no vio las consecuencias del Gran Salto Adelante, que según el Gran Timonel iba a traer para China mil años de progreso de las fuerzas productivas, pero que salió tan mal que causó la muerte por inanición de unos sesenta millones de personas. El desarrollo económico impactante y el crecimiento aceleradísimo del que habla Juancito es el resultado de las políticas de Deng Xiao Ping, que han transformado a China en un país hipercapitalista con el número de millonarios jóvenes más alto del mundo, que viven obsesionados por el lucro y el dinero fácil, y que de rojos no tienen ni la lengua.

Desde allí, el panegírico del régimen desciende al nivel de puro lameboteo. Según nuestro poeta, el gobierno chino acaba de lanzar un Plan de Acción Nacional de derechos humanos,

que garantiza la vigencia de los derechos básicos, civiles y políticos de toda la población, incluidos los niños, mujeres y ancianos, las minorías étnicas y los discapacitados…

y que en el futuro,

abolirá la pena de muerte, aumentará la independencia del Poder Judicial, se flexibilizará la censura en los medios y las casas editoriales, se liberará a los presos por razones políticas que no hayan atentado contra la seguridad del Estado

Juancito nota que tal solemne lanzamiento pasó desapercibido en los medios de occidente, aunque la noticia haya sido publicada en el New York Times (siempre me pregunto, ¿cómo hacen algunos para enterarse ellos solitos de lo que los medios nos quieren ocultar colgando en Internet? ¿Tendrán más tiempo para leer los diarios que los demás?). Secretismos conspirativos aparte, me resulta un poco extraño que Gelman, teniendo la trayectoria que tiene, no se haya dado cuenta de que las declaraciones políticas no “garantizan la vigencia de ciertos derechos”, sino que los consagran como el desideratum del estado, que teóricamente se compromete a respetar esos derechos y a desfacer los entuertos que los violenten. Digo teóricamente, porque más a menudo de lo deseable, los estados hacen de sus declaraciones papel higiénico… digo mojado, y es por eso que las asociaciones que defienden las libertades civiles y los derechos políticos no han perdido su razón de existir y por lo que todavía, nos guste o no, necesitamos abogados…

Si hay un estado al que le cabe ese sayo, es a la República Popular. Si Juancito hubiese leído la información ocultada por el NYT en Internet, se habría dado cuenta de que todos los derechos que el Plan dice consagrar, ya están “garantizados” por la Constitución de la República Popular. Es cierto que el Plan de Acción puede representar un cambio de actitud y un paso, que no un salto, adelante, pero el diablo está en los detalles y lo que no se dice es a veces más importante que lo que se cacarea. Uno se pregunta por qué un estado necesita un plan bianual para abolir la pena de muerte, cuando bastaría un ley que dijera,

art. 1º queda abolida la pena de muerte en todo el territorio de la República.

art . 2º comuníquese, publíquese, archívese.

Además, las intenciones abolicionistas del gobierno chino no están tan claras. Amnistía Internacional (AI) informa que “en varios campos de los derechos civiles y políticos, como los relativos a la pena de muerte, [...] el nuevo plan se limita a repetir leyes y políticas” que ya existen, pero que nunca se han aplicado. Juancito al menos reconoce que en China no hay ni sombra de poder judicial independiente y que la censura es la orden del día, flagelos que él afirma que el Plan vendría a paliar,  pero que AI se encarga de desmentir que lo vaya a hacer. El informe de AI agrega que el Plan no hace nada para controlar ciertos abusos como  “el hostigamiento, la detención y el encarcelamiento de presos de conciencia [...] la censura de Internet y de otros medios de comunicación, y el uso continuado de formas de detención administrativa, como la reeducación por el trabajo”. Por mi parte, no voy a explayarme acerca de las contorsiones metafísicas de Juancito para justificar la represión de conciencia. Basta con recordar que en toda dictadura el mayor delito contra la seguridad del estado suele ser el de pensar por cuenta propia.

Toda esta manifestación de espíritu rastrero debería ser razón suficiente para sonrojar hasta al más pusilánime de los bufones del rey, pero Juancito no se conforma y remata el artículo con un joyita de tergiversación histórica, seudo anti-imperialismo barato y paranoia conspirativa.

EE.UU. y otra potencias occidentales alimentan a los grupos terroristas y separatistas que procuran despedazar a China en feudos y virreinatos débiles y fáciles de dominar. China es una con el Tibet y Taiwan desde el fondo de los siglos y su desmembramiento crearía una situación muy grave para todo el mundo

Me pregunto si Gelman se ha olvidado de que los estados van y vienen y de que China es el poder imperial más antiguo del mundo. China no conquistó el Tíbet hasta la dinastía Yuan (1271-1368), que es la de Kublai Khan, el amigo de Marco Polo, que no era chino, sino mongol. Durante la dinastía Ming (1368-1644), el Celeste Imperio perdió jurisdicción sobre el techo del mundo, hasta que los invasores manchúes volvieron a unificar China con el Tíbet y Mongolia Exterior. El caos en el que se hundió el país tras la revuelta de los Boxers, fue aprovechado por los ingleses para conquistar Lhasa en 1904 y obligar a China a “liberar” al Tíbet, convirtiéndolo en un territorio “protegido” por su Graciosa Majestad dos años más tarde. Este estatuto semi-independiente duró hasta 1959, cuando Mao Zedong entró en Lhasa para recuperar para los chinos lo que sólo los mongoles y los manchúes supieron alguna vez conseguir. La isla de Formosa, antigua colonia holandesa de nombre portugués, no formó parte del Imperio Chino hasta 1683, cuando fue anexada por el emperador Kangxi, el tercero en la dinastía Qing, es decir, un manchú. Formosa o Taiwán se convirtió en país independiente en 1949, tras la derrota del Guomindang de Chiang Kai Shek en la guerra civil entre nacionalistas y comunistas que continuó desangrando a China después de años de brutal ocupación japonesa. Chiang era un corrupto y un autoritario, y siguió creyendo hasta su muerte que China pertenecía a Taiwán, pero los Taiwaneses de hoy parecen no estar tan de acuerdo y se ven a sí mismos como habitantes de un país independiente.

Contrariamente a lo que creen los imperialistas chinos, el constante devenir entre unificación y partición es tan intrínsicamente chino como la porcelana, la seda o el papel. China se ha desmembrado mil veces sin que el resto del mundo pareciera haberse dado cuenta. Imagino que Juancito eso no lo sabe y que el preferiría que Mongolia Exterior, que ha sido independiente por la mayor parte de su historia, también estuviera unida a China, así él podría dormir más tranquilo y fuera de graves peligros.

Lo que sí no creo que Juancito ignore es que Nixon se reunió con Mao en 1972, encuentro que resultó en la exclusión de Taiwán del Concejo de Seguridad de la ONU, privándolo incluso de su asiento en la Asamblea General, que pasó a ser ocupada por la República Popular. Tampoco creo que no se haya dado cuenta todavía de que EEUU, Canadá y el Reino Unido, entre otros, siguen una política de “China Unida”, que ha convertido a Taiwán en un país que de jure no existe para la gran mayoría de las naciones de la Tierra.

Tampoco puede ser que Juancito no sepa que si algo no pide el Dalai Lama es la independencia del Tíbet y el desmembramiento de la República Popular. Hace años que Tenzin Gyatso repite una y otra vez que él sólo está a favor de dar al Tíbet mayor autonomía dentro de China. Yo soy un federalista irredento y tiendo a desconfiar de los que se obsesionan con su tierra y su patria chica, pero reconozco que hay casos en los que un pueblo puede sentirse incómodo en el marco político en el que está y optar por andar el camino propio. No me sorprendería si los tibetanos no se sintiesen del todo bienvenidos por las políticas de la gerontocracia de Beijín. Por años, el régimen chino ha aplicado un plan de Hanisación de todo el territorio. Esta política consiste en llenar de chinos Han cada provincia de la República en la que una minoría distinta de la Han sea el grupo dominante. Dicha política ya ha hecho desaparecer al manchú, que era la lengua de la última dinastía imperial que entre 1616 y 1911 obligó a todos los varones del Celeste Imperio a raparse la mitad de la cabeza y llevar trenza. Otro grupo étnico que ha sufrido han sido los mongoles de Mongolia Interior, que han visto como sus antiguos vasallos intentan borrarlos del mapa cultural. Como pocos han sufrido los Uigures, que tienen la desgracia de ser musulmanes y hablar una lengua altaica que se escribe con una versión persa del alfabeto árabe, tecnología mucho más eficaz que el estéticamente bello, pero funcionalmente inútil, conjunto asistemático de caracteres chinos…. pero para Juancito, todos estos grupos étnicos no tienen ni historia, ni cultura, ni voluntad. Son apenas marionetas manipuladas por los agentes de la CIA, que parece estar muy ocupada en hacer que toda rebelión contra el estado chino fracase estrepitosamente.

A mí la teocracia feudal de los monjes lamas no me produce ninguna simpatía, el Islam me parece una ideología atrasada, reaccionaria y misógina y los mongoles no parecen haberle aportado a la humanidad mucho más que carreras de caballos y una técnica especial para raptar las vírgenes ajenas. Pero si esos pueblos se levantasen mañana y decidieran ser independientes del Imperio Chino, allá ellos. Todavía creo en el derecho de autodeterminación, por el que en otra época, Juancito hubiese justificado hasta una bala en la nuca.

Invitado a participar en un evento de la Liga por la Libertad de Europa, George Orwell declinó respetuosamente diciendo que él “era de izquierda, y que no podía colaborar con una asociación conservadora que pretendía defender la democracia en Europa, pero que no tenía nada que decir acerca del imperialismo británico” (Carta a la Duquesa de Atholl [15 de Nov. 1945], The collected essays, journalism and letters of George Orwell. Vol. 4, In front of your nose, 1945-1950, Londres: Secker & Warburg, 1968, p. 30). No tengo ni un cuarto de la valentía de Orwell y vivo en un mundo mucho menos peligroso que el suyo. Pero si tuviera que elegir, quisiera ser como Eric Arthur Blair hasta el final y no como Juan Gelman. Porque tengo la sangre roja y el corazón a la izquierda; y prefiero el peligro de estar solo y sin acólitos ni tribuna ni premios, a la sumisión perruna ante el trono de los timoneles de imperios totalitarios, que siguen siendo imperios, por más antiguos y “admirables” que sean.

¡Argentino hasta la muerte!

12 Mayo, 2009

El sábado estuvimos con Manolita, Ted (un Alabamo que conocí en Bielefeld) y Henning (un chico alemán con quien comparto el Büro en la universidad) en el Berlin Bar de Bielefeld… sí, no sólo Rosario tiene un Berlín… Entre una cerveza y otra, arribamos a las próximas elecciones europeas, en las que voy a ejercer, por primera vez desde que emigré, mis derechos ciudadanos. Dije que iba a votar a Die Linke, aunque no estuviera de acuerdo con su política sobre transgénicos y energía nuclear.

Henning, que vota al Partido Verde, se quedó un poco sorprendido de que estuviera a favor de partir átomos para satisfacer nuestras necesidades eléctricas. Le dije que no pensaba que la energía nuclear fuera la única solución a nuestros problemas energéticos, pero que estar en contra por deporte me parecía una actitud anticientífica y dogmática. Agregué que ecologistas importantes como Lovelock y Monbiot habían revisado su posición sobre el tema y que estaban dispuestos a considerar la energía nuclear como una opción, siempre y cuando se cumplieran ciertas condiciones. Su actitud me parece la correcta. Argumenté que la energía nuclear no produce CO2 y otros gases que aceleran el efecto invernadero (aunque reconocí que la extracción de uranio tiene sus problemas) y que es la fuente de energía no renovable más regulada que existe y la que ha producido menos víctimas en la historia.

En lo que va del siglo ha habido muy pocos accidentes serios, dos de ellos en la ex-URSS. El desastre de Kyshtym provocó la muerte por cáncer de unas 200 personas y para el 2005, el accidente de Chernobyl había causado al menos unos 4.000 casos de cáncer de tiroides, aunque es posible que sean más (téngase en cuenta, sin embargo, que la OMS ha cocluído que, con lo grave que fue el accidente, “los efectos en la salud pública no fueron ni con mucho tan graves como se temió en un principio”). El otro accidente famoso, el de Three Mile Island, en donde todos los controles funcionaron, ha demostrado que si las cosas se hacen bien, los riesgos son mínimos incluso en caso de accidentes. En contraste, se calcula que entre 50.000 y 100.000 personas mueren por año como resultado de la contaminación ambiental sólo en Estados Unidos.

Recordé que aunque existen unos 30 países que tienen reactores nucleares en funcionamiento, hay sólo 7 potencias nucleares, y que una de ellas, Israel (que oficialmente niega que posea ojivas en su haber), no tiene reactor nuclear alguno, por lo que la conección directa entre energía nuclear y tecnología militar no es un sine qua non.

Henning trajo a la mesa el problema de los residuos. Nadie quiere vivir junto a un basurero y mucho menos si lo que se desecha ahí no es biodegradable (o lo es a muy, pero muy largo plazo). Le contesté que eso era una preocupación seria a considerar, pero que las perspectivas eran buenas. El reactor de Chernobyl era de Primera Generación, mal construído y peor mantenido, y cuando ocurrió el accidente, estaba a cargo de un idiota. Three Mile Island era de Segunda Generación, y como tal funcionó mucho mejor. La mayoría de los reactores modernos son de Tercera Generación o Tercera Generación+, que son mucho más seguros y producen mucho menos residuos, que en gran parte pueden reciclarse. El control de los residuos atómicos, además, es mucho más estricto que el de los producidos por otras fuentes de energía no renovable y aunque todavía no se haya encontrado una solución total al problema, el futuro es promisorio.

Henning me miró un poco incrédulo y me sacó a relucir ese argumento lleno de lógica que usan lo verdes cuando empiezan a perder el debate: eso es propaganda de las multinacionales. Como no tengo acciones ni en Toshiba ni en General Electric, no creo que se me pueda acusar de “corporate goon” (matón corporativo), pero tuve que reconocer que sólo había leído un artículo sobre el tema y que necesitaba investigar más. Volví a casa y estuve parte del domingo investigando el asunto y encontré la respuesta que buscaba. Desde el año 2002 se están desarrollando reactores de Cuarta Generación que entre otras cosas reducen costos, son más seguros y que, sobre todo, producen muy pocos residuos. El proyecto es un esfuerzo conjunto de diez países que se espera que dé resultados genuinos en la próxima década. Los países participantes son EE.UU., Gran Bretaña, Suiza, Sudáfrica, Corea del Sur, Japón, Francia, Canadá, Brasil y, créase o no, Argentina.

La tierra que me vio nacer me provoca muchas amarguras, como habrá quedado claro en muchas cosas que escribo. La fama que nos supimos conseguir hace que cada vez que me encuentro con otros Latinoamericanos tenga que hacer un esfuerzo doble para demostrar que no todos los que nos amamantamos con agua del Plata somos despreciables. Sin embargo, la curiosidad que despertó la discusión del sábado me llevó a descubrir un pedacito de nuestro esfuerzo nacional que por lo general pasa desapercibido y del que no tenía idea que existía. Fue una muy grata sorpresa enterarme de que mi país será pionero en un proyecto que nos traerá luz sin generar más desolación, y por primera vez en mucho tiempo, me fui a dormir orgulloso de ser argentino hasta la muerte.

La pampa que no tiene el ombú

16 Abril, 2009

En uno de sus últimos libros, Carl Sagan dijo que los buenos patriotas hacen preguntas, mantienen la mente abierta e intentan no tragarse los mitos nacionales sin masticar. Yo agregaría que el nacionalismo es el peor enemigo que toda patria puede tener. No lo digo tanto porque piense que los instintos tribales siembran discordia donde hay paz, sino porque para sobrevivir todas las comunidades imaginadas e inventadas que llamamos naciones necesitan alimentarse de mitos que no sólo no son verdaderos, sino que además tergiversan nuestro entendimiento de la historia y la naturaleza y empobrecen nuestra cultura. Tal vez no exista aparato ideológico más eficaz para ahogar el desarrollo espiritual de un pueblo que el folklore nacional. El folklore, tal como lo entienden los creadores de identidades colectivas, no es cultura, sino la fosilización de la misma. La cultura es como una gran ciudad, viva, bulliciosa, mugrienta y pecadora (porque el pecado es la fuente de toda creación humana); y como toda gran ciudad es de todos y es de nadie. El folklore, en cambio, es como una aldea idealizada en una postal suiza, hiperlimpia y ordenada, pero silenciosa, puritana y casi muerta; y como toda aldea, además de embrutecer, empobrecer y envilecer (Emilia Pardo Bazán dixit), tiene dueño, que son siempre los que dicen ser de acá más que ningún otro, aunque hayan llegado antes de ayer. Que no se me malinterprete: Atahualpa Yupanqui creaba cultura, no hacía folklore, y por eso los folkloristas lo despreciaban y le pagaron con la cárcel y el exilio.

En el país que me duele, el folklore ha tenido un efecto especialmente pernicioso en la escuela. No faltan maestros que piensan que una literatura de tinte telúrico y referencias idealizadas a un pasado que no fue, tenga un valor nacional intrínseco, aunque estéticamente sea un producto menor. Sobran las horas lectivas de historia ideologizada, llenas de personajes que cagan mármol y justificaciones morales de la barbarie, sazonadas con empanadas calientes, payadas en contrapunto y gauchos de bota de potro. El folklore, como la peste, lo ha contaminado todo y ha llegado a colarse por la ventana hasta en la clase de biología, como lo demuestran los mitos que circundan a nuestro representante folklórico en el reino vegetal: el ombú.

El ombú, o phytolacca dioica, es el árbol gaucho por antonomasia. ¡La Pampa tiene el ombú!, celebraba Luis Domínguez en su poesía y Rafael Obligado, por ser argentino hasta la médula, desdeñaba “todo arte que no arroje en [mi tierra] raíces de ombú”. No hay peña gaucha sin ombúes, ni mateada más “auténtica” que la que se lleva a cabo al refugio de la bella sombra, que es el otro nombre de este mastodonte botánico. Como todo objeto idealizado, el ombú ha sido elevado a una categoría especial y, en un modo muy argentino de ver las cosas, ha dejado de ser un árbol, para convertirse en la única hierba gigante que existe, que, contrariando todas las leyes de la naturaleza, sólo crece en soledad, como todo gaucho que se precie. El mito ha trascendido las paredes del aula y hoy se lo puede encontrar repetido y reproducido en la que constituye la puerta por la que muchos ingresan al saber globalizado: wikipedia.

Hay quienes dicen que wikipedia tiene todo lo malo del anti-intelectualismo de derecha mezclado con lo peor del populismo de izquierda. Es posible. Wikipedia es muy irregular y a artículos de buena calidad y bien referenciados se contraponen, más veces de lo deseable, panfletos llenos de errores garrafales que sólo producen confusión. La calidad del contenido también varía mucho según la lengua de la que se trate y en ese sentido el castellano no sale muy bien parado. Sea como fuere, lo cierto es que para la gran mayoría (y aquí me incluyo), wikipedia es una forma fácil y práctica de obtener una primera introducción rápida y concisa a cualquier ángulo del polígono del saber. Por esa razón, más que lamentar la decadencia de oriente y occidente que trae “wiki” a sus espaldas, sería mejor enseñar a navegar por el mar wikipédico con ojo avizor y, en la medida de lo posible, intentar reconocer el error y enmendarlo.

La wiki-página del ombú está en castellano, catalán, alemán, inglés, francés, lituano, ruso y portugués. Por su extensión y contenido, es probable que la página castellana sea la original y que, con excepción de la francesa, las demás se hayan limitado a traducirla, en todo o en parte. El estilo con que está escrita y las referencias geográficas que la completan, dejan ver que el autor de la entrada es claramente de origen rioplatense… y si no lo fuera, no hay dudas de que para escribir su contribución wikipédica se basó en la información que se repite sin pensar en las escuelas de la cuenca del Plata.

Según nuestro autor, el ombú es una planta nativa de las pampas de América del Sur, que aunque parezca un árbol, es casi con seguridad una hierba de dimensiones gigantescas. Tras una breve descripción de sus características, se agrega que “generalmente se desarrollan como especímenes aislados”. No faltan en la entrada las referencias a la literatura gauchesca y al hecho de que el ombú se ha ganado “el mote de amigo del gaucho y su respeto”. Como ya debe haber quedado claro, el wiki-autor no ha obviado uno sólo de nuestro mitos folklóricos.

Puede discutirse si el ombú es originario de las Américas o si fue importado por jesuitas portugueses desde las Indias Orientales. Lineo dejó incompleto el espacio reservado para describir el hábitat de la phytolacca dioica en la segunda edición de su Species Plantarum (1762, tomo I, p. 632). El ejemplar que analizó provenía de un jardín madrileño, por lo que no era silvestre, sino plantado. Las otras especies del género phytolacca que identificó provenían de México, Virginia y Malabar, en el suroeste de la India, donde los portugueses establecieron varias colonias mucho antes de que se poblaran de hippies. El GRIN (Germplasm Resources Info Network) del Departamento de Agricultura de EE.UU. la cataloga como planta originaria de Sudamérica. La información provista por el GBIF (Global Biodiversity Information Facility) refuerza esta hipótesis, aunque es cierto que lista sobre todo colecciones en jardines botánicos. Extrañamente, el Catalogue of Life del Integrated Taxonomic Information System sólo provee información acerca de las otras especies del género phytolacca, todas de América del Norte, el Caribe y Oceanía… Un estudio del sistema vascular del ombú realizado en la Universidad Hebrea de Jerusalén lo define como un árbol de origen sudamericano. No soy biólogo ni especialista en ciencias de la vegetación, pero me animaría a decir que el consenso científico parece decantarse por la hipótesis sudamericana.

De lo que no hay dudas, sin embargo, es de que el ombú no es originario de la pampa. Originalmente, no había árboles en la llanura pampeana. Todos los árboles que se ven al oeste del valle del Paraná, al sur del Chaco y al norte de la Patagonia son plantados. En la llanura pampeana, el árbol se expandió con la frontera, cuando tipos como Rosas decidieron extender los dominios de la Confederación Argentina hacia el sur y dedicarse a su deporte favorito: matar indios. Prueba de ello la dió Lucio V. Mansilla, que en un libro bastante pesado de leer, pero que constituye un buen documento de la vida allende el limes de las Provincias Unidas, se preguntaba:

¿Quién que haya vivido algún tiempo en el campo, hablando mejor, quién que haya recorrido los campos con espíritu observador, no ha notado que el ombú indica siempre una casa habitada, o una población que fue; que el cardo no se halla sino en ciertos lugares, como que fue sembrado por los jesuitas, habiéndose propagado después? (Lucio, V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles, cap. 11)

Tan plantados y tan alógenos eran los veinticinco ombúes de la estancia natal de William Henry Hudson como los que todavía se encuentra en algunos patios lisboetas. Una peña gaucha que tenga la phytolacca dioica por epónimo es tan original de la pampa como un restaurante tailandés de Caballito, regenteado por taiwaneses nacidos en Rosario y que se llame Kwai Chang Caine (y tu, pequeño saltamontes, sabes a lo que me refiero…).

Menos dudas me quedan de que la idea de que el ombú sea una hierba gigante tiene más que ver con las ideas fabricadas de lo que pretende ser esa misteriosa condición que es la argentinidad que con la botánica. Si el folklore gringo se dedicó a inventar un destino manifiesto, el nuestro se ocupó de machacar a golpe de lección escolar una especial pretensión de singularidad. Para ello no dudó ni siquiera en torcer la lógica y ofuscar el entendimiento. Pocas ramas del saber parecen haber sufrido tanto a nuestros profetas identitarios como la biología. En todas las escuelas de mi patria se enseña (o por lo menos se enseñaba) que en el reino vegetal hay tres estratos: el arbóreo, el arbustivo y el herbáceo. Las características que distinguen las plantas que pertenecen a cada estrato son bastante claras e intuitivas como para que uno pueda identificar a qué estrato pertenece una planta sin necesidad de ser doctor en botánica. La regla pareciera no cumplirse, sin embargo, cuando se trata de lo que a todas luces parece ser indudablemente un árbol, pero que para los maestros educados en nuestra incultura folklorista se trata de un ser monstruoso que no existe en otra naturaleza que no sea la argentina. Porque a pesar de que el ombú tenga tronco y ramas como cualquier otro árbol y sea siempre mucho más alto que cualquier hierba, en la escuela nos enseñaban que no, que el ombú es una hierba especial, que tiene un tamaño casi tan grande como nuestro ego nacional.

Wikipedia le hace honor al error y presenta el caso de forma un tanto absurda. La página en catalán dice que el ombú es un árbol, pero que en realidad se trata de una especie herbácea muy grande (una espècie herbàcia molt gran), ¿en qué quedamos? La página alemana dice que al ombú también se lo llama Ombubaum (árbol ombú), o elephant tree (árbol elefante) en inglés, pero que en realidad es una planta herbácea (krautige Pflanze). La página inglesa lo define como hierba enorme (massive herb), para enseguida agregar que el “árbol (sic) tiene una copa como un paraguas”. La página portuguesa dice que “Apesar de apresentar morfologia arbórea, o ombu é uma planta herbácea de grandes dimensões”. Sólo las páginas francesa y rusa parecen no tener dudas de que el ombú es un árbol. Para colmo de males, las definiciones árbol y hierba que da wikipedia en todos los idiomas mentados no dejan lugar a dudas: el estrato del ombú es el arbóreo… pero parece que algunos contribuyentes de wiki ni siquiera leen la fuente de saber de la que intentan abrevar.

Tampoco es tan cierto que el ombú sea parte esencial de la cultura gaucha. Del folklore gaucho tal vez sí, pero de la cultura… eso es más discutible. Cuando los gauchos poblaban la pampa había tan pocos árboles que es probable que muchos jamás se sentasen a tomar mate debajo de un ombú. Además, ¿quién lo haría? Cuando el fruto del ombú se cae al suelo y se pudre produce un olor tan desagradable, que un pellejo de vaca secado al aire libre brindaría mucho mejor protección contra las inclemencias del sol pampeano que las hojas de un árbol de fruto venenoso para los mamíferos. Si cansados de la papeleta de conchabo y el reclutamiento forzoso, los gauchos decidían convertirse en matreros y escapar a lo que entonces era el desierto, el ombú dejaba de ser parte de su vida, porque como dijo Mansilla, en el desierto no había phytolaccae de ningún tipo. Ni siquiera en la literatura gauchesca es el ombú una presencia constante. Martín Fierro lo nombra una sola vez cuando, volviendo de su exilio en el desierto tras la muerte de su amigo Cruz, cuenta que,

“alcanzamos con salud
a divisar una sierra
y al fin pisamos la tierra
en donde crece el ombú”
(La vuelta de Martín Fierro, Canto X, estrofa 651)

… más correcto hubiese estado José Hernández si hubiese escrito “la tierra donde se planta el ombú”, pero la poesía no siempre entiende de razones científicas.

Es cierto que Rafael Obligado lo menciona al menos dos veces en su versión de Santos Vega. La forma en que lo hace es de lo más reveladora. En el segundo canto de su poema, “La prenda del payador”, Obligado canta rimando en un arte bastante menor,

¿Dónde va? Vese distante

de un ombú la copa erguida,

como espiando la partida

de la luz agonizante.

Bajo la sombra gigante

de aquel árbol bienhechor,

su techo, que es un primor

de reluciente totora,

alza el rancho donde mora

la prenda del payador.

No hay duda de que el ombú que Obligado tenía en mente era plantado y no, como él erróneamente creía, oriundo de la pampa. Pero obligado como estaba en crear su mitología, Rafael suspendió sus facultades críticas y prefirió su pampa mental a la real. Hilario Ascasubi, que también se dejó tentar por los delirios folklóricos y que escribió, desde París, sobre el gaucho ideal y no sobre el de carne y hueso, al menos pinta una imagen más verdadera de lo que debería haber sido la pampa de su tiempo,

Pues tan quemante era el viento

que del naciente soplaba,

que al pasto verde tostaba;

y en aquel mesmo momento

la higuera se deshojaba.

Y una ilusión singular

de los vapores nacía;

pues, talmente, parecía

la inmensa llanura un mar

que haciendo olas se mecía.
(Santos Vega o los Mellizos de la Flor, 1872, canto 1 La Tapera)

Aunque sea muy gauchesco, en este poema, como en la mayor parte de la pampa, no hay ombúes.

En resumen, ni autóctono de la pampa, ni hierba gigante sino árbol, y mucho menos gaucho de lo que quisieran los que, obsesionados con crear nuestra nación, se dedicaron a hacer daño a nuestra cultura científica y a alejar a generaciones del arte de leer en su empeño por imponer una literatura que está demasiado lejos de ser la mejor que a producido el Cono Sur.

Mi vida escolar en Argentina estuvo llena de tormentos. Algunos fueron provocados por los que ostentan la autoridad de la sotana, pero esa es la historia de casi todos los que hemos tenido que sufrir una educación católica, así que no los voy a aburrir con ello. Otras veces, las razones de mi sufrir no eran más que los monstruos creados por una razón que soñaba más de lo saludable para alguien que estaba en edad escolar. Había algo sin embargo, que me generaba mil contradicciones. Mi viejo es un científico de los de la vieja guardia, de esos que no distinguen entre las dos culturas de C. P. Snow, y que ven en las ciencias y en las letras no dos mundos separados, sino ramas del mismo tronco de ese árbol que es el esfuerzo humano por saber. De su biblioteca me robé las comedias de Aristófanes en griego, el gusto por los teoremas de Tales como desafío lógico, más que como pregunta de examen aprendida de memoria y la noción de que el orden de los conceptos es más importante que los conceptos mismos. Pero cuando estaba en el colegio era demasiado inmaduro para poderlo ver (¿quién no?). Cada vez que le hacía una pregunta sobre su campo de estudio, el reino vegetal, su respuesta casi nunca coincidía con lo que encontraba en el libro de texto. De vuelta en el colegio, contar lo que había aprendido en casa, que tantas veces contradecía las medias verdades del pensamiento folklórico sobre nuestra biosfera nacional, sólo provocaba la risotada de los que tienen más miedo a pensar que a la muerte y me producían una ingente sensación de ridículo, una cólera profunda y una amarga misantropía para con muchos de mis pares. Uno de los errores que mi viejo no se cansaba de discutir era el mito gauchesco sobre el origen y la ontología de la phytolacca dioica… pero claro, tener el apellido que uno tiene y atreverse a poner en cuestión una de los dogmas de una educación nacional que da más importancia a “hacer patria” que a la búsqueda crítica de la verdad, sólo podía generar hostilidad… especialmente después del ’82. Así que hoy, que mi viejo y yo celebramos nuestro trigésimo quinto aniversario compartido, me he dedicado a perder tiempo y a no hacer lo que tenía que hacer, sino a usar lo que aprendí de él para combatir a las huestes del error y a los creadores de fósiles mentales y poner mi pequeñito granito de arena en la educación científica y literaria de los párvulos que tienen que sufrir bajo el peso de las autoridades educativas del Río de la Plata. Menos folklore y más la cultura.

Feliz cumpleaños,

Tu primogénito
17 de abril 2009

La ingenuidad de Savater

20 Febrero, 2009

En la edición del 17 de febrero de El País se publicó un artículo de Savater que adolece de dos de los grandes males que afectan a gran parte de la academia y del mundo intelectual hispánico, tanto en el Viejo Mundo como en el Nuevo. Por un lado, el de opinar sin saber de qué se trata y, por el otro, el de repetir lugares comunes que además de incorrectos, rayan en la imbecilidad y el racismo, y que denotan una tremenda incapacidad para elaborar pensamientos que tengan más de cuatro ángulos.

Poco me importaría todo ello si no fuera nada más que otro ejemplo del calamitoso estado intelectual del periodismo de opinión, porque todos sabemos que si lo dicen los diarios, es muy probable que no sea ni serio ni verdadero. El problema es que Savater es, en las dos orillas del Atlántico de habla hispana, una suerte de luminaria intelectual que convoca a muchos y es leído por más. Como hasta cierto punto soy producto de ese mundo, me niego a que Savater se salga con la suya y siga hablando sin pensar, escudado en esa patente de corso para decir tonterías que parecen profundas que es el título de catedrático.

El artículo en cuestión versa sobre los llamados “autobuses ateos”. Todo empezó, como la revolución industrial, en Inglaterra. Ariane Sherine, una escritora de guiones para comedias televisivas que también escribe columnas para el Guardian, vio un aviso en un autobús que se preguntaba si el Hijo del Hombre iba a encontrar fe en la Tierra en su segunda venida (Lc 18:8) y daba una dirección en la web donde encontrar la respuesta. Picada por la curiosidad, Ariane decidió visitar la página web en cuestión y, horrorizada, encontró que la promesa para los infieles era el tormento eterno en el infierno”. Ariane pensó que tal mensaje podría llegar a traer infelicidad a los que no somos tan fuertes como para rechazar bobadas y decidió contraatacar de manera inteligente. Con ayuda del blog de opinión del Guardian (Cif), comenzó una campaña para juntar dinero para pagar un aviso de autobús que diera un mensaje de optimismo y consuelo para los que no han sido tocados por la gracia de la fe. Aunque sólo planeaba juntar cinco mil libras, la chispa encendió una pradera, y en menos de un par de meses, Ariane recibió más de cien mil libras donadas por ateos y agnósticos de a pie. La campaña se internacionalizó, e iniciativas similares tomaron cuerpo en España, Italia y Estados Unidos. Tras mucho discutir, finalmente se decidió que el lema a propagar fuera “Probablemente Dios no existe. Despreocúpate y disfruta de la vida” (There’s probably no God, now stop worrying and enjoy your life),  que a Savater le parece “de una ingenuidad teológica propiamente… anglosajona, al estilo por un lado de Richard Dawkins y por el opuesto del poco añorado George W. Bush”.

 

El problema de la teología, es que permite opinar sobre las cosas más profundas e inescrutables a cualquier cretino con ínfulas de sabio. No por nada cuando queremos dar a entender que una discusión es totalmente baladí, le damos un significado teológico al estilo de la del sexo de los ángeles. Savater podría al menos haberse tomado el tiempo, que como académico le sobra, para enterarse del por qué de dicho caveat. En primer lugar, el “probablemente” no es necesariamente de naturaleza teológica, sino puramente leguleya. Como bien explicó Ariane en su momento, agregar una cualificación a una afirmación sobre el Ser Supremo era una forma de evitar contravenir el reglamento del Comité para la Práctica de Publicidad del Reino Unido (CAP por sus siglas en inglés) específicamente los artículos 3.1, 3.2, 5.1, 8.1, 9.1 y 11.1 que regulan el acto de “ofender”, en el que se escudan siempre los teócratas para acallar el disenso. Es cierto que los responsables de la campaña no se molestaron por dicha cualificación, ya que es un principio del pensamiento racional que no se puede establecer con un grado absoluto de certeza que algo no existe. Savater luego se enrosca en sus mismos pensamientos para decir más o menos lo mismo y después contradecirlo, eso sí, siempre intentando sonar original e inteligente…


Como ya dije, esto es pura especulación teológica y por lo tanto no seguiré discutiendo. Lo que realmente me molesta de Savater es el grado de ignorancia supina que demuestra sobre una cultura, que aunque hable en otro idioma, es también la suya. Ya perdí la cuenta de las veces que he escuchado a latinos hablar de la cultura anglosajona como si no fuera más que un rejunte de red-necks alimentados a Big Macs e incapaces de sutilezas mentales. No sé bien si eso esconde un miedo no tanto a lo desconocido (que ya es preocupante) como a lo propio (que lo es aún más), un racismo atávico o simplemente un enorme complejo de inferioridad. Savater, por oficio y beneficio, podría al menos haber intentado no caer en esa trampa y ser más agudo en sus percepciones; pero no, para él al noroeste del canal de la Mancha solo hay ingenuidad, y Richard Dawkins y George Bush son lo mismo.


Pues déjeme contarle, señor Savater, qué tan ingenuos son los británicos y los gringos. Podría uno empezar diciendo que sólo la Universidad de Edimburgo, por ejemplo, tiene más premios Nóbeles de ciencias que todo el mundo ibérico junto (el hispánico y el lusitano). Como el catolicismo ultramontano de la balsa de piedra no ha hecho más que perseguir la heterodoxia, a pocos sorprendería tal estadística. Un poco más ilustrativo, sería decir que sólo el MIT (Massachusetts Institute of Technology) cuenta en su haber con casi el doble de laureados en ciencias que Francia, una potencia Nobelística. Podría aventurarse que el Nóbel tiene una cierta predilección por el inglés y que el número de premios no es igual al número de ideas. Podría agregarse que tanto el Reino Unido como Estados Unidos tienen una política de compra de cerebros y que no todos sus Nobelados son vernáculos. Todo ello es cierto, pero si algo demuestra es que de ingenuidad, los anglos tienen poco.


Mucho más importante, sin embargo, es que esa supuesta ingenuidad étnica de la que habla Savater, es la que ha moldeado al mundo moderno tal como es como pocas otras tradiciones intelectuales teológicamente más versadas han podido hacerlo. Empezaría yo por David Hume, que puede arrogarse ser el padre de una filosofía libre de ataduras sobrenaturales, que es como hoy contemplamos y explicamos la naturaleza, aunque seamos religiosos. No me voy a olvidar de Isaac Newton, el teórico de una mecánica celeste que sabemos que funciona a escala planetaria y que condenó al olvido a ese tratado de filosofía natural que oscureció nuestra comprensión del mundo por casi dos milenios, la Física de Aristóteles. Este año hay que mentar a Charles Darwin, que revolucionó para siempre nuestro entendimiento de la biología y nos reveló el origen de la vida, además de descubrir nuestro vínculo genético con el resto de los seres vivos. También están, por supuesto, Alexander Flemming, un escocés que descubrió el látigo con el que hemos mantenido a raya a la huestes de la muerte temprana, Paul Dirac, a quien debemos gran parte de la revolución cuántica, que ha hechado por tierra siglos de metafísica banal sobre la naturaleza de la materia, y Bertie Russell, que inventó una nueva forma de hacer filosofía y que sabía usar su ingenio y mala leche como nadie. John Locke no puede faltar, pues sin él no hay constitucionalismo moderno, ni nada que se le parezca a nuestra forma actual de organizar el cuerpo político y la democracia parlamentaria basada en el contrato, que con todos sus defectos, es mejor que el reino hereditario y las naciones lingüisticas o étnicas de Fichte. De aquel lado del Atlántico también hay muchos, pero basta con recordar a Thomas Jefferson, que liberó al estado de las garras de la iglesia, a James Watson, el codescubridor de la estructura del ADN, que con cuatro elementos combinados ha revelado más sobre nuestro yo más íntimo que mil páginas de delirios Lacaneanos… y por supuesto, a Noam Chomsky, gracias a quien sabemos que la gramática no es tanto anglosajona o hispánica como universal, tal como lo son el ADN, la mecánica de la materia y la celeste, el árbol evolutivo de la vida y el riesgo de morir joven.


Savater, sin embargo, ha preferido obviar esta universalidad y repetir, con certeza teológica, una perla del parroquialismo tribal latino, que él dice no cansarse de aborrecer. Y yo hay veces que me pregunto si esta intrincada agudeza teológica que se imparte en nuestra universidades a golpe de autoridad y opinión alegre no es la que nos ha impedido, como íberos de las dos orillas, ser casi meros espectadores de la revolución intelectual menos ingenua y más transformadora de la historia de la humanidad. Porque lo que Savater llama ser ingenuo es para mí tener claro el pensamiento y escribir para ser entendido por el que lee, que es, como dijo Hobsbawn, la savia de la que bebe esa forma de pensar que nos ha regalado la isla de donde vinieron mis antepasados. Forma de pensar que ha intentado no sólo comprender el mundo, sino además cambiarlo y dejarse de pajas mentales de claustro, convento y seminario. Pues como dijo el poeta máximo de la lengua de los anglos “hay más cosas en el cielo y en la tierra, Fernando, que las boberías ingenuas de todos tus artículos” (Hamlet, Acto 1, escena 5, 166-167).


Juan,

Bielefeld, 20 de Febrero 2009

Años

24 Octubre, 2008

El 23 de octubre de hace veinticinco años tomé la primera comunión. Parece increíble que ya pueda hablar de experiencias personales que ocurrieron hace más de un cuarto de siglo. Así son los años…

El otro 11 de Septiembre

11 Septiembre, 2008

Hoy se cumplen treinta y cinco años de aquel otro 11 de Septiembre que truncó los sueños de tantos. Aunque la brutalidad teocrática lo haya relegado un tanto en el olvido, aquel otro undécimo día del noveno mes tuvo un impacto histórico mucho más importante del que hoy pareciera tener el nine-eleven. La guerra contra el terror ya estaba planeada desde antes y tuvo su primera batalla durante los años Clinton, cuando una fábrica de medicamentos sudanesa sirvió de chivo expiatorio para exorcisar los golpes de la Jihad. Mohammed Atta y otros idiotas útiles como él sólo dieron un pretexto para incrementar el ritmo de lo que ya estaba en movimiento.

Aquel otro 11 de Septiembre, en cambio, desató las fuerzas de la irracionalidad monetarista, que hasta hoy constituyen el programa del capitalismo post-industrial que nos toca sufrir. Aquel otro 11 de Septiembre hundió en un baño de sangre el imperativo ético de una lucha política centenaria contra el reparto inequitativo de los recursos económicos, culturales y espirituales de nuestra sociedad. Aquel otro 11 de Septiembre dejó bien claro hasta donde van a llegar los potentes con tal de mantener sus privilegios. Y aquel otro 11 de Septiembre segó la vida del más grande demócrata de la Américas, Salvador Allende, un socialista que siempre respetó escrupulosamente la más larga tradición republicana del mundo Hispano (que los traidores se encargaron de asesinar), que jamás hizo caso a los agentes de la KGB que le aconsejaban usar la fuerza contra su propio pueblo, y que encarnó los deseos de justicia y felicidad para el mayor número que exhudaban las piedras desde el Paine a Chuquicamata.

Compañero Salvador, ¡juntos pisaremos las calles nuevamente!

Los Pilares de la Creación

14 Agosto, 2008

Ayer fui con Manuela al Festival Internacional del Libro de Edimburgo a ver la presentación del nuevo libro de John Barrow, profesor de matemática de la Universidad de Cambridge, sobre algunas de las imágenes que más han influenciado nuestro entendimiento del universo y de la ciencia. La charla comenzó con las ilustraciones de De humani corporis fabrica de Andreas Vesalius, el primer libro de anatomía humana moderna, todo una obra de arte. Barrow también mencionó el Atlas de Mercator, así como la proyección de Peters, que hace justicia al tamaño de los países, y la de Hobo-Dyer, en la que el Sur está por encima, como quería Libertad. También hubo tiempo para la pulga de Hooke, uno de los padres del microscopio, y para las tablas, gráficas circulares y demás instrumentos visuales de la estadística, la economía y la sociología, que aunque hoy sean pan cotideano, hace dos siglos todavía no existían. Como buen inglés, Barrow no se olvidó del diagrama del London Tube, diseñado por Harry Beck en 1931, que cambió (o mejor dicho distorsionó) nuestra concepción de las distancias en Londres, y que convirtió a la capital británica en una ciudad de topos. Hubo una imagen, sin embargo, que me impactó más que ninguna otra: los Pilares de la Creación, que forman parte de la nebulosa del Águila, tal como fueron capatados por el telescopio Hubble. La nebulosa del Águila es un cúmulo estelar abierto, que se encuentra en la constelación de la Serpiente, a tan sólo siete mil años luz de la Tierra. Abajo pueden ver una imagen completa de la misma.

Los Pilares de la Creación son las tres columnas de materia estelar que se ven en el medio de la imagen y que la mano del artista cósmico ha estampado en nuestra retina de esta manera:

Mírenlos bien, contémplenlos, disfrútenlos… porque aunque todavía puedan verse desde la Tierra, hace ya más de seis mil años que han dejado de existir…