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Veinte años haciendo Frente

14 Noviembre, 2009

Cuando Ángel me comentó de los festejos por los veinte años del Frente y me pidió que escribiera un texto corto contando lo que fue la militancia para mí, me pareció mejor dirigirme a los que no me conocen. Me uní al Frente a fines del 1993 y aunque ya hace mucho que no participo activamente, la verdad es que nunca me fui del todo. Hace ya unos cuantos años que no vivo en Argentina, pero no pasa fin de Marzo o principio de Abril en el que no le eche un ojeada cibernáutica a los resultados de las elecciones estudiantiles rosarinas… aunque sólo sea por un acto de saudade.

No fue fácil integrarme al Frente. A pesar de que los años me hayan llevado hacia el escepticismo racional, era y sigo siendo católico en más de un sentido. Aunque piense que el trabajo alienado sea el ojo del huracán de nuestra sociedad, nunca me he definido como Marxista, entre otras muchas razones, porque el ejercicio de interpretación talmúdica de Das Kapital tan común a muchos Marxistas (no a todos), me parece intelectualmente limitante. El Leninismo me da algún que otro escalofrío. Siempre tuve un interés particular por Estados Unidos, su sociedad y su cultura, a las que considero mucho más revolucionarias de lo que muchos se atreverían a reconocer. Aunque ya lo intuía cuando me chamuyaba incansablemente las colas de votantes de Humanidades y Artes, un año en el corazón industrial de Westfalia y el servicio de salud Británico me han convencido de que ese proyecto de masas de estirpe Engelsiana que se llama Social Democracia tal vez no sea tan malo. Nunca quise ser como el Ché… y para colmo de males, la nueva trova cubana me aburre soberanamente.

Los que no me conocen seguramente se preguntarán, ¿qué hace este tipo enviando una misiva a una celebración del Frente haciendo hincapié en todo lo que pareciera más que nada alejarlo de él? Es que ese es el mensaje que quiero transmitir a los más nuevos. Vivir sin contradicciones no es vivir y si la militancia no te llena de vida, es mejor no militar. Es justamente donde se producían los desencuentros, donde yo más me identificaba con el Frente. Incluso desde antes de empezar a militar, el Pampillón no fue tanto un espacio donde acordar, sino donde disentir. Un espacio donde cada pedacito del bagaje con el que me largaron a la vida adulta era cuestionado, analizado y puesto cabeza abajo, parafraseando a Christopher Hill. Pero sobre todo, el Frente fue un espacio en donde los que no necesitamos carnet para ser comunistas éticos podíamos reunirnos a compartir nuestras propias desencuentros, disidencias y contradicciones y al menos hacer el intento de transformarlas en el motor de nuestras acciones; y en ese sentido, el Frente fue para mí una experiencia de crecimiento moral, intelectual y político como casi ninguna otra… y una etapa de mi vida a la que siempre recuerdo con nostalgia, cariño y alegría.

Un abrazo a todos y viva el Frente Amplio Santiago Pampillón!

Juan P. Lewis
Desde Edimburgo, cuna de la Modernidad

¡Argentino hasta la muerte!

12 Mayo, 2009

El sábado estuvimos con Manolita, Ted (un Alabamo que conocí en Bielefeld) y Henning (un chico alemán con quien comparto el Büro en la universidad) en el Berlin Bar de Bielefeld… sí, no sólo Rosario tiene un Berlín… Entre una cerveza y otra, arribamos a las próximas elecciones europeas, en las que voy a ejercer, por primera vez desde que emigré, mis derechos ciudadanos. Dije que iba a votar a Die Linke, aunque no estuviera de acuerdo con su política sobre transgénicos y energía nuclear.

Henning, que vota al Partido Verde, se quedó un poco sorprendido de que estuviera a favor de partir átomos para satisfacer nuestras necesidades eléctricas. Le dije que no pensaba que la energía nuclear fuera la única solución a nuestros problemas energéticos, pero que estar en contra por deporte me parecía una actitud anticientífica y dogmática. Agregué que ecologistas importantes como Lovelock y Monbiot habían revisado su posición sobre el tema y que estaban dispuestos a considerar la energía nuclear como una opción, siempre y cuando se cumplieran ciertas condiciones. Su actitud me parece la correcta. Argumenté que la energía nuclear no produce CO2 y otros gases que aceleran el efecto invernadero (aunque reconocí que la extracción de uranio tiene sus problemas) y que es la fuente de energía no renovable más regulada que existe y la que ha producido menos víctimas en la historia.

En lo que va del siglo ha habido muy pocos accidentes serios, dos de ellos en la ex-URSS. El desastre de Kyshtym provocó la muerte por cáncer de unas 200 personas y para el 2005, el accidente de Chernobyl había causado al menos unos 4.000 casos de cáncer de tiroides, aunque es posible que sean más (téngase en cuenta, sin embargo, que la OMS ha cocluído que, con lo grave que fue el accidente, “los efectos en la salud pública no fueron ni con mucho tan graves como se temió en un principio”). El otro accidente famoso, el de Three Mile Island, en donde todos los controles funcionaron, ha demostrado que si las cosas se hacen bien, los riesgos son mínimos incluso en caso de accidentes. En contraste, se calcula que entre 50.000 y 100.000 personas mueren por año como resultado de la contaminación ambiental sólo en Estados Unidos.

Recordé que aunque existen unos 30 países que tienen reactores nucleares en funcionamiento, hay sólo 7 potencias nucleares, y que una de ellas, Israel (que oficialmente niega que posea ojivas en su haber), no tiene reactor nuclear alguno, por lo que la conección directa entre energía nuclear y tecnología militar no es un sine qua non.

Henning trajo a la mesa el problema de los residuos. Nadie quiere vivir junto a un basurero y mucho menos si lo que se desecha ahí no es biodegradable (o lo es a muy, pero muy largo plazo). Le contesté que eso era una preocupación seria a considerar, pero que las perspectivas eran buenas. El reactor de Chernobyl era de Primera Generación, mal construído y peor mantenido, y cuando ocurrió el accidente, estaba a cargo de un idiota. Three Mile Island era de Segunda Generación, y como tal funcionó mucho mejor. La mayoría de los reactores modernos son de Tercera Generación o Tercera Generación+, que son mucho más seguros y producen mucho menos residuos, que en gran parte pueden reciclarse. El control de los residuos atómicos, además, es mucho más estricto que el de los producidos por otras fuentes de energía no renovable y aunque todavía no se haya encontrado una solución total al problema, el futuro es promisorio.

Henning me miró un poco incrédulo y me sacó a relucir ese argumento lleno de lógica que usan lo verdes cuando empiezan a perder el debate: eso es propaganda de las multinacionales. Como no tengo acciones ni en Toshiba ni en General Electric, no creo que se me pueda acusar de “corporate goon” (matón corporativo), pero tuve que reconocer que sólo había leído un artículo sobre el tema y que necesitaba investigar más. Volví a casa y estuve parte del domingo investigando el asunto y encontré la respuesta que buscaba. Desde el año 2002 se están desarrollando reactores de Cuarta Generación que entre otras cosas reducen costos, son más seguros y que, sobre todo, producen muy pocos residuos. El proyecto es un esfuerzo conjunto de diez países que se espera que dé resultados genuinos en la próxima década. Los países participantes son EE.UU., Gran Bretaña, Suiza, Sudáfrica, Corea del Sur, Japón, Francia, Canadá, Brasil y, créase o no, Argentina.

La tierra que me vio nacer me provoca muchas amarguras, como habrá quedado claro en muchas cosas que escribo. La fama que nos supimos conseguir hace que cada vez que me encuentro con otros Latinoamericanos tenga que hacer un esfuerzo doble para demostrar que no todos los que nos amamantamos con agua del Plata somos despreciables. Sin embargo, la curiosidad que despertó la discusión del sábado me llevó a descubrir un pedacito de nuestro esfuerzo nacional que por lo general pasa desapercibido y del que no tenía idea que existía. Fue una muy grata sorpresa enterarme de que mi país será pionero en un proyecto que nos traerá luz sin generar más desolación, y por primera vez en mucho tiempo, me fui a dormir orgulloso de ser argentino hasta la muerte.

La pampa que no tiene el ombú

16 Abril, 2009

En uno de sus últimos libros, Carl Sagan dijo que los buenos patriotas hacen preguntas, mantienen la mente abierta e intentan no tragarse los mitos nacionales sin masticar. Yo agregaría que el nacionalismo es el peor enemigo que toda patria puede tener. No lo digo tanto porque piense que los instintos tribales siembran discordia donde hay paz, sino porque para sobrevivir todas las comunidades imaginadas e inventadas que llamamos naciones necesitan alimentarse de mitos que no sólo no son verdaderos, sino que además tergiversan nuestro entendimiento de la historia y la naturaleza y empobrecen nuestra cultura. Tal vez no exista aparato ideológico más eficaz para ahogar el desarrollo espiritual de un pueblo que el folklore nacional. El folklore, tal como lo entienden los creadores de identidades colectivas, no es cultura, sino la fosilización de la misma. La cultura es como una gran ciudad, viva, bulliciosa, mugrienta y pecadora (porque el pecado es la fuente de toda creación humana); y como toda gran ciudad es de todos y es de nadie. El folklore, en cambio, es como una aldea idealizada en una postal suiza, hiperlimpia y ordenada, pero silenciosa, puritana y casi muerta; y como toda aldea, además de embrutecer, empobrecer y envilecer (Emilia Pardo Bazán dixit), tiene dueño, que son siempre los que dicen ser de acá más que ningún otro, aunque hayan llegado antes de ayer. Que no se me malinterprete: Atahualpa Yupanqui creaba cultura, no hacía folklore, y por eso los folkloristas lo despreciaban y le pagaron con la cárcel y el exilio.

En el país que me duele, el folklore ha tenido un efecto especialmente pernicioso en la escuela. No faltan maestros que piensan que una literatura de tinte telúrico y referencias idealizadas a un pasado que no fue, tenga un valor nacional intrínseco, aunque estéticamente sea un producto menor. Sobran las horas lectivas de historia ideologizada, llenas de personajes que cagan mármol y justificaciones morales de la barbarie, sazonadas con empanadas calientes, payadas en contrapunto y gauchos de bota de potro. El folklore, como la peste, lo ha contaminado todo y ha llegado a colarse por la ventana hasta en la clase de biología, como lo demuestran los mitos que circundan a nuestro representante folklórico en el reino vegetal: el ombú.

El ombú, o phytolacca dioica, es el árbol gaucho por antonomasia. ¡La Pampa tiene el ombú!, celebraba Luis Domínguez en su poesía y Rafael Obligado, por ser argentino hasta la médula, desdeñaba “todo arte que no arroje en [mi tierra] raíces de ombú”. No hay peña gaucha sin ombúes, ni mateada más “auténtica” que la que se lleva a cabo al refugio de la bella sombra, que es el otro nombre de este mastodonte botánico. Como todo objeto idealizado, el ombú ha sido elevado a una categoría especial y, en un modo muy argentino de ver las cosas, ha dejado de ser un árbol, para convertirse en la única hierba gigante que existe, que, contrariando todas las leyes de la naturaleza, sólo crece en soledad, como todo gaucho que se precie. El mito ha trascendido las paredes del aula y hoy se lo puede encontrar repetido y reproducido en la que constituye la puerta por la que muchos ingresan al saber globalizado: wikipedia.

Hay quienes dicen que wikipedia tiene todo lo malo del anti-intelectualismo de derecha mezclado con lo peor del populismo de izquierda. Es posible. Wikipedia es muy irregular y a artículos de buena calidad y bien referenciados se contraponen, más veces de lo deseable, panfletos llenos de errores garrafales que sólo producen confusión. La calidad del contenido también varía mucho según la lengua de la que se trate y en ese sentido el castellano no sale muy bien parado. Sea como fuere, lo cierto es que para la gran mayoría (y aquí me incluyo), wikipedia es una forma fácil y práctica de obtener una primera introducción rápida y concisa a cualquier ángulo del polígono del saber. Por esa razón, más que lamentar la decadencia de oriente y occidente que trae “wiki” a sus espaldas, sería mejor enseñar a navegar por el mar wikipédico con ojo avizor y, en la medida de lo posible, intentar reconocer el error y enmendarlo.

La wiki-página del ombú está en castellano, catalán, alemán, inglés, francés, lituano, ruso y portugués. Por su extensión y contenido, es probable que la página castellana sea la original y que, con excepción de la francesa, las demás se hayan limitado a traducirla, en todo o en parte. El estilo con que está escrita y las referencias geográficas que la completan, dejan ver que el autor de la entrada es claramente de origen rioplatense… y si no lo fuera, no hay dudas de que para escribir su contribución wikipédica se basó en la información que se repite sin pensar en las escuelas de la cuenca del Plata.

Según nuestro autor, el ombú es una planta nativa de las pampas de América del Sur, que aunque parezca un árbol, es casi con seguridad una hierba de dimensiones gigantescas. Tras una breve descripción de sus características, se agrega que “generalmente se desarrollan como especímenes aislados”. No faltan en la entrada las referencias a la literatura gauchesca y al hecho de que el ombú se ha ganado “el mote de amigo del gaucho y su respeto”. Como ya debe haber quedado claro, el wiki-autor no ha obviado uno sólo de nuestro mitos folklóricos.

Puede discutirse si el ombú es originario de las Américas o si fue importado por jesuitas portugueses desde las Indias Orientales. Lineo dejó incompleto el espacio reservado para describir el hábitat de la phytolacca dioica en la segunda edición de su Species Plantarum (1762, tomo I, p. 632). El ejemplar que analizó provenía de un jardín madrileño, por lo que no era silvestre, sino plantado. Las otras especies del género phytolacca que identificó provenían de México, Virginia y Malabar, en el suroeste de la India, donde los portugueses establecieron varias colonias mucho antes de que se poblaran de hippies. El GRIN (Germplasm Resources Info Network) del Departamento de Agricultura de EE.UU. la cataloga como planta originaria de Sudamérica. La información provista por el GBIF (Global Biodiversity Information Facility) refuerza esta hipótesis, aunque es cierto que lista sobre todo colecciones en jardines botánicos. Extrañamente, el Catalogue of Life del Integrated Taxonomic Information System sólo provee información acerca de las otras especies del género phytolacca, todas de América del Norte, el Caribe y Oceanía… Un estudio del sistema vascular del ombú realizado en la Universidad Hebrea de Jerusalén lo define como un árbol de origen sudamericano. No soy biólogo ni especialista en ciencias de la vegetación, pero me animaría a decir que el consenso científico parece decantarse por la hipótesis sudamericana.

De lo que no hay dudas, sin embargo, es de que el ombú no es originario de la pampa. Originalmente, no había árboles en la llanura pampeana. Todos los árboles que se ven al oeste del valle del Paraná, al sur del Chaco y al norte de la Patagonia son plantados. En la llanura pampeana, el árbol se expandió con la frontera, cuando tipos como Rosas decidieron extender los dominios de la Confederación Argentina hacia el sur y dedicarse a su deporte favorito: matar indios. Prueba de ello la dió Lucio V. Mansilla, que en un libro bastante pesado de leer, pero que constituye un buen documento de la vida allende el limes de las Provincias Unidas, se preguntaba:

¿Quién que haya vivido algún tiempo en el campo, hablando mejor, quién que haya recorrido los campos con espíritu observador, no ha notado que el ombú indica siempre una casa habitada, o una población que fue; que el cardo no se halla sino en ciertos lugares, como que fue sembrado por los jesuitas, habiéndose propagado después? (Lucio, V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles, cap. 11)

Tan plantados y tan alógenos eran los veinticinco ombúes de la estancia natal de William Henry Hudson como los que todavía se encuentra en algunos patios lisboetas. Una peña gaucha que tenga la phytolacca dioica por epónimo es tan original de la pampa como un restaurante tailandés de Caballito, regenteado por taiwaneses nacidos en Rosario y que se llame Kwai Chang Caine (y tu, pequeño saltamontes, sabes a lo que me refiero…).

Menos dudas me quedan de que la idea de que el ombú sea una hierba gigante tiene más que ver con las ideas fabricadas de lo que pretende ser esa misteriosa condición que es la argentinidad que con la botánica. Si el folklore gringo se dedicó a inventar un destino manifiesto, el nuestro se ocupó de machacar a golpe de lección escolar una especial pretensión de singularidad. Para ello no dudó ni siquiera en torcer la lógica y ofuscar el entendimiento. Pocas ramas del saber parecen haber sufrido tanto a nuestros profetas identitarios como la biología. En todas las escuelas de mi patria se enseña (o por lo menos se enseñaba) que en el reino vegetal hay tres estratos: el arbóreo, el arbustivo y el herbáceo. Las características que distinguen las plantas que pertenecen a cada estrato son bastante claras e intuitivas como para que uno pueda identificar a qué estrato pertenece una planta sin necesidad de ser doctor en botánica. La regla pareciera no cumplirse, sin embargo, cuando se trata de lo que a todas luces parece ser indudablemente un árbol, pero que para los maestros educados en nuestra incultura folklorista se trata de un ser monstruoso que no existe en otra naturaleza que no sea la argentina. Porque a pesar de que el ombú tenga tronco y ramas como cualquier otro árbol y sea siempre mucho más alto que cualquier hierba, en la escuela nos enseñaban que no, que el ombú es una hierba especial, que tiene un tamaño casi tan grande como nuestro ego nacional.

Wikipedia le hace honor al error y presenta el caso de forma un tanto absurda. La página en catalán dice que el ombú es un árbol, pero que en realidad se trata de una especie herbácea muy grande (una espècie herbàcia molt gran), ¿en qué quedamos? La página alemana dice que al ombú también se lo llama Ombubaum (árbol ombú), o elephant tree (árbol elefante) en inglés, pero que en realidad es una planta herbácea (krautige Pflanze). La página inglesa lo define como hierba enorme (massive herb), para enseguida agregar que el “árbol (sic) tiene una copa como un paraguas”. La página portuguesa dice que “Apesar de apresentar morfologia arbórea, o ombu é uma planta herbácea de grandes dimensões”. Sólo las páginas francesa y rusa parecen no tener dudas de que el ombú es un árbol. Para colmo de males, las definiciones árbol y hierba que da wikipedia en todos los idiomas mentados no dejan lugar a dudas: el estrato del ombú es el arbóreo… pero parece que algunos contribuyentes de wiki ni siquiera leen la fuente de saber de la que intentan abrevar.

Tampoco es tan cierto que el ombú sea parte esencial de la cultura gaucha. Del folklore gaucho tal vez sí, pero de la cultura… eso es más discutible. Cuando los gauchos poblaban la pampa había tan pocos árboles que es probable que muchos jamás se sentasen a tomar mate debajo de un ombú. Además, ¿quién lo haría? Cuando el fruto del ombú se cae al suelo y se pudre produce un olor tan desagradable, que un pellejo de vaca secado al aire libre brindaría mucho mejor protección contra las inclemencias del sol pampeano que las hojas de un árbol de fruto venenoso para los mamíferos. Si cansados de la papeleta de conchabo y el reclutamiento forzoso, los gauchos decidían convertirse en matreros y escapar a lo que entonces era el desierto, el ombú dejaba de ser parte de su vida, porque como dijo Mansilla, en el desierto no había phytolaccae de ningún tipo. Ni siquiera en la literatura gauchesca es el ombú una presencia constante. Martín Fierro lo nombra una sola vez cuando, volviendo de su exilio en el desierto tras la muerte de su amigo Cruz, cuenta que,

“alcanzamos con salud
a divisar una sierra
y al fin pisamos la tierra
en donde crece el ombú”
(La vuelta de Martín Fierro, Canto X, estrofa 651)

… más correcto hubiese estado José Hernández si hubiese escrito “la tierra donde se planta el ombú”, pero la poesía no siempre entiende de razones científicas.

Es cierto que Rafael Obligado lo menciona al menos dos veces en su versión de Santos Vega. La forma en que lo hace es de lo más reveladora. En el segundo canto de su poema, “La prenda del payador”, Obligado canta rimando en un arte bastante menor,

¿Dónde va? Vese distante

de un ombú la copa erguida,

como espiando la partida

de la luz agonizante.

Bajo la sombra gigante

de aquel árbol bienhechor,

su techo, que es un primor

de reluciente totora,

alza el rancho donde mora

la prenda del payador.

No hay duda de que el ombú que Obligado tenía en mente era plantado y no, como él erróneamente creía, oriundo de la pampa. Pero obligado como estaba en crear su mitología, Rafael suspendió sus facultades críticas y prefirió su pampa mental a la real. Hilario Ascasubi, que también se dejó tentar por los delirios folklóricos y que escribió, desde París, sobre el gaucho ideal y no sobre el de carne y hueso, al menos pinta una imagen más verdadera de lo que debería haber sido la pampa de su tiempo,

Pues tan quemante era el viento

que del naciente soplaba,

que al pasto verde tostaba;

y en aquel mesmo momento

la higuera se deshojaba.

Y una ilusión singular

de los vapores nacía;

pues, talmente, parecía

la inmensa llanura un mar

que haciendo olas se mecía.
(Santos Vega o los Mellizos de la Flor, 1872, canto 1 La Tapera)

Aunque sea muy gauchesco, en este poema, como en la mayor parte de la pampa, no hay ombúes.

En resumen, ni autóctono de la pampa, ni hierba gigante sino árbol, y mucho menos gaucho de lo que quisieran los que, obsesionados con crear nuestra nación, se dedicaron a hacer daño a nuestra cultura científica y a alejar a generaciones del arte de leer en su empeño por imponer una literatura que está demasiado lejos de ser la mejor que a producido el Cono Sur.

Mi vida escolar en Argentina estuvo llena de tormentos. Algunos fueron provocados por los que ostentan la autoridad de la sotana, pero esa es la historia de casi todos los que hemos tenido que sufrir una educación católica, así que no los voy a aburrir con ello. Otras veces, las razones de mi sufrir no eran más que los monstruos creados por una razón que soñaba más de lo saludable para alguien que estaba en edad escolar. Había algo sin embargo, que me generaba mil contradicciones. Mi viejo es un científico de los de la vieja guardia, de esos que no distinguen entre las dos culturas de C. P. Snow, y que ven en las ciencias y en las letras no dos mundos separados, sino ramas del mismo tronco de ese árbol que es el esfuerzo humano por saber. De su biblioteca me robé las comedias de Aristófanes en griego, el gusto por los teoremas de Tales como desafío lógico, más que como pregunta de examen aprendida de memoria y la noción de que el orden de los conceptos es más importante que los conceptos mismos. Pero cuando estaba en el colegio era demasiado inmaduro para poderlo ver (¿quién no?). Cada vez que le hacía una pregunta sobre su campo de estudio, el reino vegetal, su respuesta casi nunca coincidía con lo que encontraba en el libro de texto. De vuelta en el colegio, contar lo que había aprendido en casa, que tantas veces contradecía las medias verdades del pensamiento folklórico sobre nuestra biosfera nacional, sólo provocaba la risotada de los que tienen más miedo a pensar que a la muerte y me producían una ingente sensación de ridículo, una cólera profunda y una amarga misantropía para con muchos de mis pares. Uno de los errores que mi viejo no se cansaba de discutir era el mito gauchesco sobre el origen y la ontología de la phytolacca dioica… pero claro, tener el apellido que uno tiene y atreverse a poner en cuestión una de los dogmas de una educación nacional que da más importancia a “hacer patria” que a la búsqueda crítica de la verdad, sólo podía generar hostilidad… especialmente después del ’82. Así que hoy, que mi viejo y yo celebramos nuestro trigésimo quinto aniversario compartido, me he dedicado a perder tiempo y a no hacer lo que tenía que hacer, sino a usar lo que aprendí de él para combatir a las huestes del error y a los creadores de fósiles mentales y poner mi pequeñito granito de arena en la educación científica y literaria de los párvulos que tienen que sufrir bajo el peso de las autoridades educativas del Río de la Plata. Menos folklore y más la cultura.

Feliz cumpleaños,

Tu primogénito
17 de abril 2009

Categorías argentinas

26 Noviembre, 2007

Acabo de leer una entrevista en Página12 a la presidente electa de mi atribulada patria, Cristina Fernández. En un momento bastante avanzado de la entrevista, el periodista le pregunta sobre “el perfil político de este gobierno y del que viene”. Fiel a su militancia juvenil, la futura presidente responde sin tapujos:

–Popular y democrático.

El periodista, sorprendido, dispara:

–¿Nacional ya no?

… y es ahí donde Cristina Fernández nos regala una joyita típica de intelectuales argentinos (porque en términos Gramscianos, los políticos también son intelectuales). La presidente electa intenta explicarse y afirma que no es posible ser popular sin ser nacional, porque en eso ella es …

– … muy jauretcheana. [El perfil del gobierno es] profundamente popular y democrático, lo defino sin valerme de categorías europeas. Lo es por su impronta, por su modelo de acumulación, por su manera de interpelación, su modo de relacionamiento (sic).

No voy a caer en el la “falacia del hombre de paja” y decir que resulta extraño que una mujer de nombre griego y apellido gallego-leonés diga, en una de las lenguas europeas más extendidas del planeta, que ella “no se vale de categorías europeas”. La misma frase está plagada de una jerga y una forma de entender las cosas que, si se rasca un poco, tiene casi nada de criollo. Tampoco voy a agarrarme del hecho de que durante toda la entrevista, Cristina Fernández utilizó constantemente una serie de categorías que fueron elaboradas allende el río Bravo y el Atlántico. Por ejemplo, Cristina Fernández quiere que se la recuerde como una mujer que como presidente “hizo honor al género”. A esta altura de la noche, sería difícil decir con seguridad quien utilizó por primera vez esa definición. Aún así, podríamos darle crédito a quienes dicen que no fueron gentes de sangre criolla y que, posiblemente, le debamos el concepto al norteamericano John William Money. La presidente electa también usó conceptos muy al estilo de los análisis sociológicos de los gringos como “modelo de acumulación” y dijo que a su marido, Néstor Kirchner, actual presidente de la Argentina, le gusta definirse como un discípulo de Sir John Maynard Keynes, que fue alumno de la ultra elitista “escuela pública” Eton y estudió en el King’s College de Cambridge, es decir, en las instituciones más inglesas en las que uno pueda pensar. Para rematarla, Cristina, que a esta altura ya hay confianza, hace alarde de lo que a su modo de ver es uno de los grandes logros del gobierno de su marido: el haber bajado el coeficiente de Gini. Esta es una medida matemáticamente calculada del índice de desigualdad de un grupo humano determinado. Corrado Gini era italiano y no estuvo nunca en la Argentina.

Pero yo no quiero hacer crítica fácil. Lo que me importa es que Cristina reproduce un prejuicio que es muy común en Argentina y que se usa muchas veces como excusa tanto para no admitir que a nosotros mismos nos cuesta entender nuestro país, como para justificar lo injustificable con la excusa de que “los de afuera no nos entienden”, lo que es mucho peor. Ese prejuicio es el que piensa que las categorías tienen nacionalidad. Nada más falso. Las categorías son herramientas analíticas para explicar la realidad. Como tal son abstractas, y no tienen una relación directa con una realidad concreta. Una categoría puede servir peor o mejor para explicar un fenómeno determinado. Donde se desarrolló, o por quién, o bajo qué circunstancias es absolutamente irrelevante. El contexto nacional y las circunstancias históricas en que un fenómeno tiene lugar son accidentes. Por supuesto que la naturaleza de los accidentes determina las conclusiones de nuestro análisis, pero eso es secundario a la hora de elegir las categorías analíticas que vamos a utilizar. Ahora bien, como acabo de decir, las categorías son herramientas. Si no permiten entender una realidad concreta, no sirven, y hay que usar otras. Un martillo sirve para clavar clavos, pero para comer spaghetti hemos inventado el tenedor. Es verdad, si queremos podemos usar un tenedor para clavar clavos y llevarnos los spaghetti a la boca usando un martillo; pero les aseguro que es un engorro. Así que si nuestro objeto es analizar la realidad argentina (o boliviana, o uzbeka, o somalí), lo importante es que elijamos las categorías correctas y que les demos el orden conceptual adecuado. Lo demás es paja mental.

A esta altura del partido, ustedes se preguntarán, qué hago yo robándole horas al sueño y escribiendo esta diatriba sobre una entrevista que mañana no será más que recuerdo. La verdad es que lo que me preocupa es la idea que subyace detrás del prejuicio mentado, que desde mi punto de vista es bastante siniestra. A los argentinos nos gusta creer que somos especiales. Nos gusta creer que todo lo que pasa en nuestro país es hasta cierto punto el resultado de arcanos inescrutables que sólo pueden ser descifrados por iniciados en esa condición casi sacerdotal que es la argentinidad. Esa actitud nos ha traído más de un enemigo en el resto de América Latina y basta conocer a algún mexicano, colombiano, venezolano o guatemalteco, para darse cuenta de que, tal vez, no seamos tan geniales. Como todo prejuicio esa actitud se basa en una falta de juicio y escrutinio crítico de la realidad. Nos impide ver más allá, nos hace creer superiores y no nos permite darnos cuenta de que, tal vez, la Argentina no sea un país tan original. Yo podría llegar a apostar que no existe un solo hecho en la historia de Argentina como estado que no haya estado profundamente determinado por el devenir de los acontecimientos al norte del ecuador, y que no existe un hecho de la historia argentina que no se puede explicar con conceptos y categorías desarrolladas vaya uno a saber donde. Sin embargo, a diario, nosotros los argentinos queremos convencernos de que a nuestro país sólo lo podemos entender nosotros y que a cualquiera que opine desde afuera y diga algo que nos duela, lo podemos ignorar con la excusa de que es un “foráneo” (o que ya no vive más ahí, como el autor de este ensayito). Porque en eso, ese prejuicio del que hablo no falla nunca. En Argentina, ha sido usado una y otra vez para acallar la crítica y el disenso.

La idea de que existe un pensamiento argentino y unas categorías argentinas es un invento ideológico de la Generación del ‘80, que es la única generación en la historia del país que ha logrado convertir sus intereses en los intereses del estado. Entre los inventores de tal delirio podemos encontrar a Miguel Cané y José María Ramos Mejía. Esos señores elegantes y pitucos pertenecían a una clase cuyos miembros se veían a si mismos como la verdadera Argentina, de la que se creían dueños por una especie de mandato divino. Es esa misma generación la que inventó la idea de que existen ideas foráneas, perversión ideológica que tenía como objeto acallar al movimiento político más digno, más comprometido con el argentino de a pié y mas honesto que jamás ha tenido el país que tanto me duele: el anarquismo, que en la versión que conocemos nosotros tuvo un origen ruso, fue importada por italianos y se organizó como los Cartistas ingleses, pero que era antes que nada universal e internacionalista. Extraño que una mujer que se dice peronista se jacte de reproducir el modo de pensar de unos oligarcas vacunos…

Juan P. Lewis

Edimburgo, madrugada del 26 de noviembre de 2007

El país que me duele

8 Diciembre, 2006

La Argentinidad al Palo

La calle más larga,
el río más ancho,
las minas más lindas del mundo…
El dulce de leche,
el gran colectivo,
alpargatas, soda y alfajores…
Las huellas digitales,
los dibujos animados,
las jeringas descartables,
la birome…
La transfusión sanguínea,
el seis a cero a Perú,
y muchas otras cosas más…

Bersuit Vergarabat

Hace unos días volví a escuchar por casualidad “La Argentinidad al Palo” de Bersuit Vergarabat. Bersuit es un grupo que me gusta mucho por su garra y su combinación no sectaria de géneros musicales, en un medio de gentes de mente corta que no perdonan la heterodoxia. Hay veces, sin embargo, en las que sus palabras me provocan sentimientos encontrados. Bersuit puede parecer un grupo trasgresor, iconoclasta e irreverente, pero basta rascar un poco la cáscara para ver que muchas de sus declaraciones (cantadas o habladas) están llenas de lugares comunes, cargados de un fuerte machismo atávico y troglodita y plenos de una euforia nacionalista anárquica (valga el oxímoron.) La verdad es que no por eso deja de gustarme y hace mucho que dejé de juzgar a un músico o a un escritor por lo que dice. El arte está, ante todo, para dar placer a los sentidos y si sólo le diéramos un lugar en nuestros gustos a esa irritante figura del “intelectual comprometido”, tan cara a la pseudo progresía burguesa de la que formo parte, nos quedaríamos sin el noventa por ciento de la cultura de valor (la culta y la popular, si es que se puede hablar de esa diferencia.) Parecerá contradictorio que tras haber dicho esto, y tras un mes y medio sin haber escrito una línea (¡ay Apelles! (Plinio el Viejo, Historia Natural 35.84), me dedique a escribir un artículo que no leerá nadie sobre el significado significante que a mi significación significa de una canción popular sin más significado filosófico que el que significa.

La verdad es que no lo haría si no fuera porque los versos de Bersuit reproducen una serie de “verdades dogmáticas auto evidentes” que pocos se toman el trabajo de someter al escrutinio de la razón. Hace ya mucho que le comenté esto a Iñaki y él me dijo, quizás con razón, que lo de Bersuit es sólo una parodia, una ironía mordaz de los lugares comunes que repiten los argentinos sin pensar. Tal vez, pero no lo creo. Algo en mi fuero íntimo me dice que el Pelado Cordera y sus secuaces en el fondo se lo creen, como lo hacen miles y miles de personas que sufren conmigo ese país que tanto me duele. (Excurso que no necesita leerse. Lo que hace que una idea se transforme en prejuicio es que sea repetida sin pensar. Hace unos meses unos ingleses, que nunca estuvieron en América, me preguntaron si era verdad que las chicas en Argentina son las más lindas del planeta. Hace unos días, el único argentino que conozco en Brumyngham me dijo que por fin, después de haber vivido en siete países diferentes, se había dado cuenta de que el Paraíso estaba en el Cono Sur, y que Dios era ¡¿cómo no?! argentino.)

Aunque ya haga cuatro años que no vivo en las Provincias Unidas del Sud, Argentina sigue siendo el país que duele. Siempre he sido muy colérico e iracundo y es muy fácil que pierda la compostura y el decoro discutiendo cualquier cosa y me ofusque y levante el tono de la voz. Últimamente, sin embargo, he cambiado mucho y estoy más sereno y calmo y mido con mucho más cuidado mis palabras antes de hablar (sigo teniendo una boca enorme, pero solía ser mucho peor.) No pasa lo mismo cuando hablo de Argentina. Se me acelera el ritmo cardíaco, la sangre me fluye hasta el cerebro, la garganta se me seca y se me casca la voz. Es evidente que aunque haya intentado negarlo mil veces me sigue uniendo a la cuenca del Plata ese espanto Borgeano que es más fuerte que cualquier pasión órfica a la que canten los poetas. Pocas cosas me provocan más arrebatos de cólera que la repetición imbécil de los lugares comunes recitados por Bersuit. Es por eso que decidí poner manos a la obra y agregar mi granito de arena a la crítica de todo lo existente, que es el único método que hemos inventado como especie para ser mañana un poco menos bárbaros que ayer (otro excurso: crítica significa juicio y no queja. Los argentinos creemos ser muy críticos, pero creo que en general solemos ser fundamentalmente quejosos. Mi propósito no es ni insultar, ni ofender, sino demostrar que hay una forma mucho más interesante de entender a la Argentina. Me ayudan cuatro años de distancia, que suele ser una buena consejera del arte de juzgar.) Carl Sagan dijo que los verdaderos patriotas hacen preguntas. Yo agregaría que los patrioteros, que son los peores enemigos que un país puede tener, intentan alzar su peán a voz de cuello, para no tener que escuchar el ensordecedor ruido de la realidad.

Lo primero que llama la atención de los versos de Bersuit es su pobreza expresiva. Quien escuche la versión cantada se dará cuenta de los esfuerzos de Cordera para hacerlos sonar de forma melódica. A mí el destino me ha castigado sin inspiración musical, pero no soy sordo, y es fácil darse cuenta de que la letra de esta canción está escrita sin ningún esfuerzo. Extraño en una banda de rock (o de cumbia, que Bersuit es las dos cosas) que hace alarde de sus dotes poéticas. Pero ese es el dato revelador. Siempre me he preguntado que es lo que garantiza el éxito y la supervivencia de los prejuicios. ¿Cómo puede ser que una idea cualquiera se mantenga viva y coleando cuando montañas de evidencia la refutan una y otra vez? La única respuesta que encuentro es que los prejuicios son lo que son jústamente por eso: no requieren esfuerzos mentales y nos dan un marco de referencia en el que sentirnos tranquilos y acogidos. Discutir nuestros prejuicios es casi una lucha de gigantes, aunque sólo sea en el plano mental. Sólo nos trae angustias y una enorme sensación de vacío, lo que no sólo horroriza a los griegos. Pero quien haya analizado alguna vez sus preconcepciones sabrá el placer que genera pensar por uno mismo, no repetir como loros sin antes preguntarnos si estamos de acuerdo o no y descubrir que el mundo es mucho más interesante, rico, colorido, variopinto, exuberante, diverso y complejo de lo que nos enseña el catecismo parroquial particular. Traicionando a su poesía, Bersuit eligió el camino fácil de la repetición cómoda de lugares comunes. Lugares comunes que, como intentaré demostrar, no sólo son discutibles, sino que dicen mucho de lo que como pueblo consideramos motivo de orgullo, lo que es mucho más preocupante.

Vayamos por partes, dijo Jack the Ripper…

¿Cuál es el complejo que aterroriza la atribulada alma de un país que se enorgullece por tener la calle más larga? Es verdad, antiguo camino real que unía Buenos Aires con Mendoza, Avenida Rivadavia es larguísima. Debe tener unos 35 kilómetros de largo, aunque esa sea una estadística discutible ya que la avenida aparece y desaparece un par de veces (Clarín 26/02/2006). Si aceptamos esa magnitud como válida, la Rivadavia le gana en longitud incluso a la mexicana Insurgentes, que es según los chilangos “la más larga del mundo”, pero que se extiende por “sólo” 28 kilómetros, aunque sin interrupciones. Imagino que divertido sería presenciar una discusión acerca de sus longitudes respectivas entre dos habitantes de estas dos cabezas de Goliat. Me pregunto como reaccionarían al descubrir que ninguno tiene razón y que la calle más larga del mundo es Yonge Street (se pronuncia como “young”) en Toronto, Canadá, que conserva su nombre sin interrupciones por unos 56 kilómetros (1). Lo que seguramente ninguno de ellos se preguntaría es que sentido tiene tener una calle tan extensa. Una ciudad que se extiende por 28 o 35 kilómetros tiende a ser invivible. A mí Buenos Aires me gusta mucho y ciertamente no tiene los problemas de polución de México, ni la tasa de criminalidad de São Paulo, pero basta un viaje en el 60 para darse cuenta de lo infernal que puede ser vivir allí. Sin olvidarse que la Reina del Plata es mucho más (y algo mucho más esperpéntico) que Palermo Viejo, Recoleta y San Telmo. Por algo los londinenses decidieron poner freno a la expansión alocada de su ciudad y crearon un cinturón verde en el que no se puede edificar. Además, para evitar caer en la tentación megalómana, decidieron llamar avenidas sólo a callejones sin lustre ni importancia. Y aún así, se quejan de que Londres es demasiado grande y de que los trayectos dentro de la ciudad son demasiado largos.

Cuando yo era chiquito, siguiendo el ejemplo de mi viejo, me inventaba países imaginarios de los que dibujaba mapas que sólo existían en mi cabeza. Para representar los ríos trazaba una línea sinuosa como una serpiente que representaban un curso de agua que tenía como característica principal ser más largo que ancho. Mirando el globo terráqueo, donde se representan ríos de verdad, veo que no existe en este mundo río alguno que tenga forma trapezoidal y cuya desembocadura sea mayor que su cauce. Excepto, claro está, en Buenos Aires. Recuerdo cuando en el colegio me decían que el Río de la Plata era tan ancho tan ancho, que cuando Solís lo vio por primera vez, lo llamó Mar Dulce. Nunca se nos ocurría pensar que en realidad el Río de la Plata no es un río, sino el estuario de otro río, el Paraná. El Uruguay es un afluente del Paraná, como lo son el Paraguay, el Pilcomayo y el Bermejo. No hay nada de raro en un río con delta y con estuario y ahí están el Amazonas y hasta cierto punto el Ganges para confirmarlo, que por cierto son tan espectacularmente gigantescos como el Plata. Hacer del Paraná y del Plata dos entes diferentes tiene mucho más que ver con esa excepcionalidad con que mucho porteños se ven a sí mismos que con la hidrología. Además, tener un estuario tan grande y tan poco profundo no representa ninguna ventaja. Todo lo contrario. El puerto de Buenos Aires es carísimo de mantener, ya que tiene que ser dragado todo el tiempo y Buenos Aires está situada en la peor ubicación posible, encima de un pantano que se inunda apenas llueve. Rosario y Bahía Blanca deberían ser las puertas naturales de la Argentina, pero la política y la historia le han dado a la Reina del Plata un privilegio que la naturaleza le negó.

La lengua la hace el pueblo y no las academias. Soy de los que piensan que es el ser el que determina la conciencia y no al revés y por eso me repugna esa batalla posmoderna por la construcción artificiosa, que no artificial, de un metalenguaje que no es ni epiceno, ni masculino, ni femenino, sino simplemente cacofónico. Eso no quiere decir que no existan palabras y formas de nombrar las cosas que no me parezcan un tanto detestables. Martin Luther King tenía el alma negra y bien negra, porque era negro como el sólo sabía serlo, ironizaba Nicolás Gillén sobre los que utilizaban ese concepto racista y asesino del lenguaje que es el de “alma blanca” (¿es que los negros que tienen el alma oscura que les tocó en suerte son seres diabólicos que sólo merecen el infierno?) Aunque a mí el lunfardo me sea agradable al oído, me parece que cuando nos referimos a la mitad pensante de la especie deberíamos dejar de llamarlas “minas”. Una mina es algo que se explota. Como ninguna otra industria, la historia de la minería personifica la frase tan mentada de Plauto de que el hombre es un lobo para el hombre (Asinaria, 495). Esclavos llenaban las minas de Laurión, al sur del Ática, y en Roma el trabajo en las minas era una forma típica de esclavitud pública. La explotación del Cerro Rico de Potosí, alrededor de la que se organizó la esclavitud de medio continente, es una de las obras de ingeniería social más brutales de la historia. Aún así, nosotros los argentinos (acá el género sí importa) seguimos hablando de nuestras madres, hermanas, hijas, esposas y amantes como si se tratara de un pedazo de la corteza terrestre que nos ha tocado en suerte explotar. No contentos con eso, nos encanta alardear de lo “buenas” que están nuestras compatriotas mujeres, como si de un filón de precioso metal se tratara. Basta desembarcar en Argentina para que personajes de todo pelo, color y sexo (sí, sexo, la explotación es un contrato, decía mi amigo Ángel, y se sostiene con el acuerdo tácito de los explotados) te pidan que les confirmes algo que ellos ya dan por sentado: que las mujeres más lindas del mundo están, como Dios, en Argentina.

Me asusta pensar qué puede haber dentro de la cabeza de un pueblo que siente que su fenotipo es superior al del resto, aunque sólo sea desde un punto de vista estético. A la historia me remito y ya sabemos adónde puede llevar semejante delirio. Igualmente, no quiero ser tan dramático y me bastará con decir que nunca entendí cómo puede sostenerse tal afirmación. En primer lugar, por suerte, la belleza es un concepto puramente subjetivo, aunque esté también histórica y socialmente determinado. Ahí están los años 80 para demostrarlo. Lo que me gusta a mí hoy seguramente no le gustará a mucha gente y podrá dejar de gustarme mañana. En Argentina hay tantas mujeres lindas, o incluso tal vez menos, como en Uzbekistán, Somalía o el Punjab, por sólo tomar una serie de grupos étnicos que no están representados en Argentina y cuyas mujeres me parecen de una belleza exquisita. A muchos argentinos a los que la testosterona no les deja pensar, la idea de que féminas de ojos rasgados o piel aceitunada puedan parecerle a alguien tanto o más lindas que sus coterráneas les parecerá herejía. Pues que me envíen a la Inquisición y me quemen en la hoguera. En segundo lugar, la naturaleza es muy injusta y no reparte las dotes de manera equitativa ni siquiera entre los miembros de una población endogámica. Gente linda y gente fea hay en todos los países y en todos los grupos étnicos. Pensar que la gente del país de uno es más linda que el resto es sólo considerar como gente del país a una minoría. Es nada más y nada menos que soñar con la eugenesia, que no es otra cosa que una tiranía de los lindos. Finalmente, y esto es lo que realmente mi interesa, la estúpida idea de que nuestras mujeres son casi obras de arte que se miran y no se tocan, no es sólo una muestra del carácter frívolo que no caracteriza como pueblo. Mucho peor, es la reducción de la feminidad de nuestras mujeres a la pura carcasa. Es la negación de que sean seres racionales, con las mismas capacidades mentales y emocionales como el que más. Si esta letanía fuera sólo la confirmación de nuestra estupidez, no me provocaría más que risa y desprecio. Lamentablemente, no es un concepto inocuo sin consecuencia alguna como los seres imaginarios con que se intenta asustar a los niños. La dictadura estética que impera en nuestra mente nacional ha puesto a las mujeres argentinas bajo una presión insoportable, y la anorexia, la bulimia y otros desórdenes alimentarios hacen estragos en mi patria.

En un balance de fin de siglo, Mario Bunge, que aunque no sea santo de mi devoción tiene un sarcasmo que me divierte mucho, decía que una de las cosas que diferenciaba a los argentinos de hoy de los de hace un siglo era su absoluta desconfianza en la ciencia y la tecnología. La afirmación es demasiado general para ser verdad y se pueden encontrar en Argentina mucha gente que no sólo confía en que la ciencia y la tecnología bien usadas son fuente de bienestar para la sociedad, sino que además hace una ciencia razonable a pesar de las dificultades. Argentina es un país periférico y su contribución a la ciencia es menor. Somos un país que importa casi toda la tecnología que usa y que apenas produce ciencia relevante. Para colmo de males, una falsa idea de que la riqueza consiste en plantar soja para comprar tecnología, una tradición militarista que persigue el pensamiento libre y una política de estado secular orientada a destruir todo proyecto científico a largo plazo han provocado y aún provocan una fuga de cerebros que pareciera que pasa inadvertida para la mayoría. Hay científicos argentinos de primer nivel en todo el mundo, decía mi abuela repitiendo un dogma nacional, para luego agregar que en Estados Unidos todos los científicos eran extranjeros y que los gringos eran todos idiotas. Ni una cosa, ni la otra. Hay muchos estudiantes y científicos argentinos en Europa y Estados Unidos, pero pocos comparados con la cantidad de chinos e indios que se ven. También hay muchos extranjeros en las universidades del país del norte, pero los locales son más. Pero aunque mi abuela tuviera toda la razón del mundo, eso hablaría muy mal de nosotros y muy bien de Estados Unidos. Es cierto, los yankees tienen dinero y el robo de cerebros es una política de estado, pero en Argentina se podría hacer mucho más de lo que se hace para atraer a los que se van. China, India, Brasil y Corea lo llevan haciendo hace más de veinte años y están hoy a años luz de nosotros en la carrera tecnológica.

Lo que la lista de inventos argentinos de Bersuit demuestra es que al desprecio por la cultura científica que asola nuestro país, se le suma un profundo desconocimiento por la poca ciencia que en Argentina se practica. Para colmo, con la excepción de un sistema de identificación de huellas dactilares, que no es el único, y el dulce de leche, que está riquísimo, pero que es de origen incierto aunque con toda probabilidad argentino, todos los demás no son inventos argentinos. La primera línea de ómnibus parece que se estableció en Nantes, Francia en 1824 y autobuses, colectivos, buses, guaguas o como queramos llamarles hay en todos lados. Lo único que inventamos fue un nombre diferente (colectivo) y el hecho de pintarlos de colores para identificar las diferentes rutas. Lászlo Bíró el inventor de la birome, no era argentino, sino húngaro. Es cierto que la primera birome que le salió bien la hizo cuando vivía en Argentina, país en el que se radicó y del que adoptó la nacionalidad. Pero ya había conseguido fabricar prototipos de birome cuando vivía en Croacia, donde conoció a Agustín P. Justo, un presidente bastante nefasto que nos tocó padecer y que lo invitó a mudarse al país. Ya había alpargatas en 1322 en el Pirineo catalán y parece que la soda la inventó un tal Priestley en 1771 en Inglaterra. La jeringa descartable de vidrio la patentó en 1954 Becton, Dickinson and Company, una empresa que de criolla no tiene ni el nombre. Dos años después, Colin Murdoch, neozelandés, patentó la jeringa descartable de plástico. La primera transfusión de sangre la realizó el francés Jean-Baptiste Denys el 15 de junio de1667. Claro que como usó sangre de oveja para un adolescente de 15 años el resultado fue catastrófico. En 1818, James Blundell, un obstetra británico realizó la primera transfusión exitosa. Lo que sí inventó un médico argentino en 1914, es un método de conservación de sangre humana para su uso diferido, mediante la adición de citrato de sodio. El médico en cuestión se llamaba Luis Agote y su contribución a la medicina es invaluable, pero como siempre, la mayoría de nosotros no tiene muy claro que fue lo que realmente inventó. El deshonroso honor de haber inventado un método de identificación de las huellas dactilares lo tiene un croata llamado Juan Vucetich, que como tantos otros emigró a Argentina y trabajó para ese cuerpo mafioso que se llama Policía de la Provincia de Buenos Aires. Su método se usa hoy en muchos países con la excepción de Gran Bretaña y Estados Unidos, que como siempre tienen uno propio. Contrariamente a lo que piensan muchos, el método Vusetich no es infalible y la identificación de una persona por sus huellas dactilares es hasta cierto punto arbitrario. Aún así, siempre me he preguntado qué hay de bueno en la existencia de un registro nacional de huellas dactilares. No todos los países lo tienen y no parece que sea un método demasiado eficiente a la hora de prevenir el delito. Algunos países ni siquiera tienen documento de identidad y la tasa de delito es menor (en Inglaterra en este momento hay un debate muy acalorado porque el señor Liar, perdón Blair, quiere imponer un DNI y un archivo nacional del ADN de cada uno de los súbditos de Su Graciosa Majestad. Por suerte todavía queda gente pensante en esta isla y Blair y su camarilla no se han salido con la suya… todavía.) Mas bien, el registro nacional de huellas dactilares recuerda a una pesadilla Orwelliana de tinte filonazi en el que todos nos convertimos en sujetos sospechosos y en potenciales enemigos de los aparatos del estado.

Como se ve, los “inventos argentinos” o no son argentinos, o no son lo que creemos que son. Pero si lo fueran, el cuadro no sería mucho mejor. Si la lista de Bersuit fuera realmente la contribución argentina a la ciencia y la tecnología, tendría que decir que en la historia de la ciencia nuestro país se halla en la edad de piedra. Por suerte, no todo es tan terrible. Argentina es un país que ha logrado formar dos premios Nóbel, Houssay y Leloir, que no son más que la cabeza visible de un grupo mucho mayor de gente que trabajó con ahínco por la ciencia y la cultura en nuestro país y que hoy son perfectos desconocidos. Para completar el cuadro de la ciencia desconocida, habría que nombrar el Instituto Balseiro de Bariloche, la modificación genética de semillas, la capacidad de generar una tecnología nuclear propia, así como el trabajo de hormiga de miles de investigadores que luchan día a día contra los elementos que detentan el poder. Lamentablemente, en nuestro ideario nacional, todo eso pasa desapercibido y en las escuelas de mi país el culto militarista a la patria y su bandera es mucho más importante que enseñar a hacer ciencia y a tener pensamiento crítico. Tan pobre y “nazional” es nuestra educación científica que en las escuelas se sigue nombrando como el gran científico argentino a Florentino Ameghino, cuyo mérito mayor fue elaborar una trasnochada paleontología nacional según la cual el hombre Americano había poblado las Américas desde la pampa y no desde el estrecho de Bering. Otra vez, Dios es argentino, aunque siga equivocado.

Hasta aquí, la refutación de los mitos. Ya dije lo que tenía que decir y es hora de que mire para adelante. Me fui del país en una de sus horas más tristes y la diatriba de arriba parece decir que no viera en él casi nada positivo. Tal vez lo parezca, pero es una imagen equivocada. Mi propósito es que alguna vez nos dejemos de repetir como monos adoctrinados una serie de medias verdades que a veces son mentiras completas. Cuatro años afuera me han dado una cierta perspectiva para darme cuenta de que tengo muchas cosas para estar orgulloso de mi país y que preferiría que formaran parte de un ideario nacional al que todos los niños de mi patria conociesen, discutiesen y mirasen con ojo crítico… sobre todo con ojo crítico. Lo me enorgullece de mi país es mucho más difícil de aceptar si se es un patriotero porque requiere de mucho esfuerzo para mantenerlo vivo, de una gran capacidad y tolerancia para aceptar al diferente y de una desconfianza innata en los poderes constituidos que es el sine qua non de la actitud republicana. Para no aburrir más, haré una lista corta, que alguna vez ampliaré y que el tiempo por venir me ayudará a completar. Al final dejaré un espacio en blanco para que agreguen lo que quieran.

Estoy orgulloso de que mi país:

a) tenga la tercera tasa de alfabetización más alta de América, que sólo superan Uruguay y ¿cómo no? Canadá. Argentina fue punta en el enseñar a los simples el arte de leer y escribir. No estamos en nuestro mejor momento, pero el derecho a la alfabetización y la obligación del estado de velar por él sigue siendo en el imaginario uno de los pocos proyectos que nos unen como nación sin estar cargado de tufillo fascistoide.

b) piense que la educación pública es un derecho inalienable. Los colegios públicos en Argentina dejan mucho que desear, pero siguen siendo los mejores del país y siguen siendo vistos como un patrimonio común a cuidar. La educación en Argentina es deficiente y tiende a ser obsoleta, acrítica, disciplinaria y militarista, pero eso es sólo una visión general. Hay mucha gente que hace su trabajo de manera silenciosa pero con pequeños grandes resultados.

c) tenga el porcentaje de población con abuelos extranjeros más grande del mundo. Frente a una Europa donde hasta los socialistas le tienen miedo al inmigrante y frente a una administración Bush que quiere construir muros de vergüenza, nuestra constitución hace un llamado “a todos los hombres que quieran habitar sobre suelo argentino”. Argentina fue un país de deseo para millones de italianos, irlandeses, ingleses, galeses, españoles, árabes cristianos, judíos, japoneses, armenios, alemanes, croatas y vaya uno a saber cuantos más. Muy cerquita de mi colegio había una sinagoga, una iglesia ortodoxa, una iglesia cristiana maronita y una mezquita. La fiesta más popular de mi ciudad es la Feria de la Colectividades, en la que todos los descendientes de las comunidades inmigrantes se juntan para festejar el arribo del primer barco que trajo trabajadores extranjeros a la ciudad. Más importante aún, Argentina sigue siendo un país de deseo para bolivianos, paraguayos, peruanos, uruguayos y hasta cierto punto chilenos.

d) haya tenido el movimiento obrero de tradición anarquista más poderoso de las Américas. No todo lo que hacía la FORA (Federación Obrera Regional Argentina) estaba bien, pero se trataba de un movimiento que luchadores honestos que no tenían más que su trabajo y que creían que el hombre de a pie tenía derecho a una vida digna de ser vivida. Más importante aún, como su nombre lo indica, los anarquistas sabían que eran argentinos, pero se veían a sí mismos como miembros “regionales” de una lucha de alcance mundial. Eran argentinos sin dejar de ser cosmopolitas.

e) haya sido y siga siendo hasta cierto punto un centro editorial de esa lengua bella que es la mía. El gusto por los libros en Argentina es todavía un privilegio de minorías, pero sigue habiendo en Argentina espacio para la lectura y con todos sus problemas, el país sigue siendo una potencia editorial. No queda en Birmingham una librería como Ross, que sigue teniendo una impresionante colección de libros sin dejar de ser una empresa local y familiar. La Calle Corrientes de Buenos Aires, con su interminable ristra de librerías, es mucho más importante que Rivadavia, aunque sea mucho más corta.

f) le haya dado al mundo un pañuelo blanco para cubrir la cabeza como símbolo de la resistencia a la opresión y al miedo. Pueden no gustarme ciertas actitudes un poco oportunistas de Estela Carlotto. Hebe a veces me saca de quicio y creo que su visión política es errada y a veces peligrosa. Pero ya quisiera tener yo un poquito de su valentía para enfrentar a los terroristas de estado.

g) et cetera (y todo lo demás)

 

Un abrazo y que al menos no los haya aburrido.

Juampi

Brumyngham, en la madrugada de la Inmaculada, anno 2759 ab urbe condita.

(1) Claro que además habría que decir que Canadá es el país más grande de América y el segundo más grande del mundo. Argentina y México juntos caben tres veces en Canadá, pero lo que más sorprende de los canadienses es que cuando hablan de su país lo hacen pensando en el altísimo estándar de vida del que se enorgullecen, no en el tamaño. El tamaño del país es en, realidad, un engorro y los canadienses parecen saberlo, porque se han apiñado en la frontera con Estados Unidos, dejando millones de kilómetros cuadrados para que los disfruten los alces y los osos polares.

        

 

De regreso en Argentina

11 Septiembre, 2003

Kaixo lagunok, zer moduz zaudete?

orain hemen nago nire amatxo eta aitatxoaren etxean. Oso nekatuta nago: hogeitamazazpi orduak nabil Donostitik Rosariora, baina lo egingo dut … así que descansaré. Zuek barkatuko duzue baino nire euskara ez ona da, así que seguiré en castellano.

Primero, buena noticia: mañana me van a entregar una medalla de alumno cum laude. ¿Qué tal? pensar que en su momento dejé esa carrera y pensé que nunca la iba a terminar y luego volví y la liquidé y por lo que se ve con un poco de dignidad. Iban a ir mis viejos en mi nombre, pero justo llegué.

Otra cosa: en el vuelo viajé con Maragall, el secretario general de UGT y el impresentable de Borrel. Lamentablemente no pude quedarme en Santiago (el vuelo tenía retenciones). Al final, los burócratas festejan y nosotros, como vacas en el brete, becerros mugidores sin poder cambiar el rumbo.

Bueno, ongi izan eta muxu eta besarkadak asko guztientzat,

Juampi