No es ningún secreto que Bielefeld no es la ciudad más interesante de Alemania. Más de trescientos mil habitantes en un mar de tranquilidad aldeana, donde el silencio lastima el oído. Casi un páramo cultural, que no ha aportado más que una magra contribución a la tradición literaria más importante de Europa, Bielefeld no tiene una sola marca de identidad que produzca un impresión agradable a los sentidos, además de la monstruosidad sesentista que es el campus de la universidad, que aunque pretenda ser funcional, sigue siendo tan lúgubre como un panóptico. La universidad intenta incansablemente torcer este destino, pero aún así, es como si a Bielefeld la separaran de su universidad algo más que media docena de paradas de tranvía. Es como si a la universidad le costara menos llegar a las páginas de los diarios que a la plaza del pueblo.
En la tierra que vio nacer a los hermanos Humboldt, donde los museos de ciencias naturales son maravillas más grandes que las pirámides de Egipto, a Bielefeld sólo le ha tocado el NAMU (Museo de la Naturaleza, el Hombre y el Medioambiente). El Museo desilusionaría a cualquiera que quisiera pasar una agradable tarde científica. La colección es pequeña y no posee ningún objeto que atraiga particularmente la atención. Sin embargo, en su recepción hay un inscripción en piedra que hizo que de algún modo mi visita tuviese algún sentido. Cincelado en la roca hay un poema, que los hermanos Grimm inmortalizaron en el cuento El Pastorcillo. Leí el poema en mi infancia, en la Historia de la Humanidad de Van Loon. La versión de Van Loon dice así,
Muy al norte, en la tierra de Svithjod, hay una montaña de diamante de una milla de altura, una milla de ancho y una milla de espesor. Cada mil años vuela hasta allí un pájaro y afila su pico en la cumbre. Cuando debido al desgaste producido por el roce, la montaña haya desaparecido, habrá transcurrido entonces un segundo de eternidad
La Historia de Van Loon fue un hito en mi vida intelectual. Siempre me vienen a la mente los dibujos que la ilustraban, como la colina de Troya, cuya búsqueda llevó a Schliemann a la locura; o el bosquejo que representaba el suicidio de Aníbal, que mostraba al héroe cartaginés tocado con su casco y con su dignidad intacta. Allí leí por primera vez que nosotros los católicos podíamos ser los malvados de la historia (Van Loon era luterano y contaba la historia de la Guerra de los Treinta Años o de la Inquisición desde el punto de vista protestante).
El descubrimiento de la inscripción en el NAMU fue como una vuelta al hogar de mi niñez sin televisión, una época en la que empecé a aventurarme en el mundo de los libros. Una época en la que Alejandro Magno y Julio César, Phileas Fogg, Edmundo Dantes y Robinson Crusoe, Simbad el marino, Sandokán y sus Tigres malayos, junto con flaustista de Hámelin y los músicos de Brema, extendían el horizonte plano de mis praderas sudamericanas… hasta la eternidad.
15 Agosto, 2009 a las 1:20 pm |
Mi muy querido Juampi me encanto!!! y soy testimonio de tua infancia gloriosa como Julio Cesar en la Plaza o Sandokan de la calle Buenos Aires…me acuerdo de los otros chicos que te miraban como bicho extraño o arrogante por querer organizar exercitos de Alexandre y nunca querer entregar la espada!!!Acá estoy escribiendo con Pietra pegada al televisor je je ….apesar de eso trato de mantener algunas ilusiones y fantasias y mantenerle deseos de eternidad. Primo mil gracias es bueno recordar como vivimos infancias felices!!!
15 Agosto, 2009 a las 2:12 pm |
Hola Marga, Lo creas o no, todavía hay muchos que me miran como un bicho raro.
Um beijão,
tu primo
17 Agosto, 2009 a las 3:49 am |
Si, yo soy uno de esos que te mira como un bicho raro, pero igual siempre me caiste bien, mas que un pariente lejano te considero un amigo.-
17 Agosto, 2009 a las 5:15 am |
mi scuso per l’italiano, ma se posso tentare di leggere lo spagnolo(il tedesco non ci provo nemmeno) di sicuro non posso scrivere
le emozioni suscitate da un ricordo forte sono struggenti: e ritrovare un ‘emozione originta da un libro e’ sempre dolce e riste, lameno per me la cui gioventu’ e’ ormai lontana. Quando ritrovo un libro della mia gioventu’ e’ come tornare indietro alla ragazzina che soffriva di insonnia e leggeva SalgariDumas e alro nel silenzio della casa. Compagni di notti piene di ammginazione. oggi ricordi che come nastri di seta ti soffocano con dolcezza, ma che mi fanno capire che quella che sono e’ anche originata da quelle lunghe notti. Grazie per aver condiviso le emozieni
un abbraccio
18 Agosto, 2009 a las 8:23 am |
Ciao Nicoletta, i libri custodiano la memoria dei popoli… ritrovare gli eroi della mia giovinezza è stata una delle più belle esperienze qua a Bielefeld. Nello scritto mi sono dimenticato del capitano Flint e il timoniere Long John Silver, col suo pappagallo… “pieces of eight, pieces of eight!!”
Saluti