Archivo de Abril 2009

… and justice is done!

17 Abril, 2009

I know you’ve been waiting ages for this…

La pampa que no tiene el ombú

16 Abril, 2009

En uno de sus últimos libros, Carl Sagan dijo que los buenos patriotas hacen preguntas, mantienen la mente abierta e intentan no tragarse los mitos nacionales sin masticar. Yo agregaría que el nacionalismo es el peor enemigo que toda patria puede tener. No lo digo tanto porque piense que los instintos tribales siembran discordia donde hay paz, sino porque para sobrevivir todas las comunidades imaginadas e inventadas que llamamos naciones necesitan alimentarse de mitos que no sólo no son verdaderos, sino que además tergiversan nuestro entendimiento de la historia y la naturaleza y empobrecen nuestra cultura. Tal vez no exista aparato ideológico más eficaz para ahogar el desarrollo espiritual de un pueblo que el folklore nacional. El folklore, tal como lo entienden los creadores de identidades colectivas, no es cultura, sino la fosilización de la misma. La cultura es como una gran ciudad, viva, bulliciosa, mugrienta y pecadora (porque el pecado es la fuente de toda creación humana); y como toda gran ciudad es de todos y es de nadie. El folklore, en cambio, es como una aldea idealizada en una postal suiza, hiperlimpia y ordenada, pero silenciosa, puritana y casi muerta; y como toda aldea, además de embrutecer, empobrecer y envilecer (Emilia Pardo Bazán dixit), tiene dueño, que son siempre los que dicen ser de acá más que ningún otro, aunque hayan llegado antes de ayer. Que no se me malinterprete: Atahualpa Yupanqui creaba cultura, no hacía folklore, y por eso los folkloristas lo despreciaban y le pagaron con la cárcel y el exilio.

En el país que me duele, el folklore ha tenido un efecto especialmente pernicioso en la escuela. No faltan maestros que piensan que una literatura de tinte telúrico y referencias idealizadas a un pasado que no fue, tenga un valor nacional intrínseco, aunque estéticamente sea un producto menor. Sobran las horas lectivas de historia ideologizada, llenas de personajes que cagan mármol y justificaciones morales de la barbarie, sazonadas con empanadas calientes, payadas en contrapunto y gauchos de bota de potro. El folklore, como la peste, lo ha contaminado todo y ha llegado a colarse por la ventana hasta en la clase de biología, como lo demuestran los mitos que circundan a nuestro representante folklórico en el reino vegetal: el ombú.

El ombú, o phytolacca dioica, es el árbol gaucho por antonomasia. ¡La Pampa tiene el ombú!, celebraba Luis Domínguez en su poesía y Rafael Obligado, por ser argentino hasta la médula, desdeñaba “todo arte que no arroje en [mi tierra] raíces de ombú”. No hay peña gaucha sin ombúes, ni mateada más “auténtica” que la que se lleva a cabo al refugio de la bella sombra, que es el otro nombre de este mastodonte botánico. Como todo objeto idealizado, el ombú ha sido elevado a una categoría especial y, en un modo muy argentino de ver las cosas, ha dejado de ser un árbol, para convertirse en la única hierba gigante que existe, que, contrariando todas las leyes de la naturaleza, sólo crece en soledad, como todo gaucho que se precie. El mito ha trascendido las paredes del aula y hoy se lo puede encontrar repetido y reproducido en la que constituye la puerta por la que muchos ingresan al saber globalizado: wikipedia.

Hay quienes dicen que wikipedia tiene todo lo malo del anti-intelectualismo de derecha mezclado con lo peor del populismo de izquierda. Es posible. Wikipedia es muy irregular y a artículos de buena calidad y bien referenciados se contraponen, más veces de lo deseable, panfletos llenos de errores garrafales que sólo producen confusión. La calidad del contenido también varía mucho según la lengua de la que se trate y en ese sentido el castellano no sale muy bien parado. Sea como fuere, lo cierto es que para la gran mayoría (y aquí me incluyo), wikipedia es una forma fácil y práctica de obtener una primera introducción rápida y concisa a cualquier ángulo del polígono del saber. Por esa razón, más que lamentar la decadencia de oriente y occidente que trae “wiki” a sus espaldas, sería mejor enseñar a navegar por el mar wikipédico con ojo avizor y, en la medida de lo posible, intentar reconocer el error y enmendarlo.

La wiki-página del ombú está en castellano, catalán, alemán, inglés, francés, lituano, ruso y portugués. Por su extensión y contenido, es probable que la página castellana sea la original y que, con excepción de la francesa, las demás se hayan limitado a traducirla, en todo o en parte. El estilo con que está escrita y las referencias geográficas que la completan, dejan ver que el autor de la entrada es claramente de origen rioplatense… y si no lo fuera, no hay dudas de que para escribir su contribución wikipédica se basó en la información que se repite sin pensar en las escuelas de la cuenca del Plata.

Según nuestro autor, el ombú es una planta nativa de las pampas de América del Sur, que aunque parezca un árbol, es casi con seguridad una hierba de dimensiones gigantescas. Tras una breve descripción de sus características, se agrega que “generalmente se desarrollan como especímenes aislados”. No faltan en la entrada las referencias a la literatura gauchesca y al hecho de que el ombú se ha ganado “el mote de amigo del gaucho y su respeto”. Como ya debe haber quedado claro, el wiki-autor no ha obviado uno sólo de nuestro mitos folklóricos.

Puede discutirse si el ombú es originario de las Américas o si fue importado por jesuitas portugueses desde las Indias Orientales. Lineo dejó incompleto el espacio reservado para describir el hábitat de la phytolacca dioica en la segunda edición de su Species Plantarum (1762, tomo I, p. 632). El ejemplar que analizó provenía de un jardín madrileño, por lo que no era silvestre, sino plantado. Las otras especies del género phytolacca que identificó provenían de México, Virginia y Malabar, en el suroeste de la India, donde los portugueses establecieron varias colonias mucho antes de que se poblaran de hippies. El GRIN (Germplasm Resources Info Network) del Departamento de Agricultura de EE.UU. la cataloga como planta originaria de Sudamérica. La información provista por el GBIF (Global Biodiversity Information Facility) refuerza esta hipótesis, aunque es cierto que lista sobre todo colecciones en jardines botánicos. Extrañamente, el Catalogue of Life del Integrated Taxonomic Information System sólo provee información acerca de las otras especies del género phytolacca, todas de América del Norte, el Caribe y Oceanía… Un estudio del sistema vascular del ombú realizado en la Universidad Hebrea de Jerusalén lo define como un árbol de origen sudamericano. No soy biólogo ni especialista en ciencias de la vegetación, pero me animaría a decir que el consenso científico parece decantarse por la hipótesis sudamericana.

De lo que no hay dudas, sin embargo, es de que el ombú no es originario de la pampa. Originalmente, no había árboles en la llanura pampeana. Todos los árboles que se ven al oeste del valle del Paraná, al sur del Chaco y al norte de la Patagonia son plantados. En la llanura pampeana, el árbol se expandió con la frontera, cuando tipos como Rosas decidieron extender los dominios de la Confederación Argentina hacia el sur y dedicarse a su deporte favorito: matar indios. Prueba de ello la dió Lucio V. Mansilla, que en un libro bastante pesado de leer, pero que constituye un buen documento de la vida allende el limes de las Provincias Unidas, se preguntaba:

¿Quién que haya vivido algún tiempo en el campo, hablando mejor, quién que haya recorrido los campos con espíritu observador, no ha notado que el ombú indica siempre una casa habitada, o una población que fue; que el cardo no se halla sino en ciertos lugares, como que fue sembrado por los jesuitas, habiéndose propagado después? (Lucio, V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles, cap. 11)

Tan plantados y tan alógenos eran los veinticinco ombúes de la estancia natal de William Henry Hudson como los que todavía se encuentra en algunos patios lisboetas. Una peña gaucha que tenga la phytolacca dioica por epónimo es tan original de la pampa como un restaurante tailandés de Caballito, regenteado por taiwaneses nacidos en Rosario y que se llame Kwai Chang Caine (y tu, pequeño saltamontes, sabes a lo que me refiero…).

Menos dudas me quedan de que la idea de que el ombú sea una hierba gigante tiene más que ver con las ideas fabricadas de lo que pretende ser esa misteriosa condición que es la argentinidad que con la botánica. Si el folklore gringo se dedicó a inventar un destino manifiesto, el nuestro se ocupó de machacar a golpe de lección escolar una especial pretensión de singularidad. Para ello no dudó ni siquiera en torcer la lógica y ofuscar el entendimiento. Pocas ramas del saber parecen haber sufrido tanto a nuestros profetas identitarios como la biología. En todas las escuelas de mi patria se enseña (o por lo menos se enseñaba) que en el reino vegetal hay tres estratos: el arbóreo, el arbustivo y el herbáceo. Las características que distinguen las plantas que pertenecen a cada estrato son bastante claras e intuitivas como para que uno pueda identificar a qué estrato pertenece una planta sin necesidad de ser doctor en botánica. La regla pareciera no cumplirse, sin embargo, cuando se trata de lo que a todas luces parece ser indudablemente un árbol, pero que para los maestros educados en nuestra incultura folklorista se trata de un ser monstruoso que no existe en otra naturaleza que no sea la argentina. Porque a pesar de que el ombú tenga tronco y ramas como cualquier otro árbol y sea siempre mucho más alto que cualquier hierba, en la escuela nos enseñaban que no, que el ombú es una hierba especial, que tiene un tamaño casi tan grande como nuestro ego nacional.

Wikipedia le hace honor al error y presenta el caso de forma un tanto absurda. La página en catalán dice que el ombú es un árbol, pero que en realidad se trata de una especie herbácea muy grande (una espècie herbàcia molt gran), ¿en qué quedamos? La página alemana dice que al ombú también se lo llama Ombubaum (árbol ombú), o elephant tree (árbol elefante) en inglés, pero que en realidad es una planta herbácea (krautige Pflanze). La página inglesa lo define como hierba enorme (massive herb), para enseguida agregar que el “árbol (sic) tiene una copa como un paraguas”. La página portuguesa dice que “Apesar de apresentar morfologia arbórea, o ombu é uma planta herbácea de grandes dimensões”. Sólo las páginas francesa y rusa parecen no tener dudas de que el ombú es un árbol. Para colmo de males, las definiciones árbol y hierba que da wikipedia en todos los idiomas mentados no dejan lugar a dudas: el estrato del ombú es el arbóreo… pero parece que algunos contribuyentes de wiki ni siquiera leen la fuente de saber de la que intentan abrevar.

Tampoco es tan cierto que el ombú sea parte esencial de la cultura gaucha. Del folklore gaucho tal vez sí, pero de la cultura… eso es más discutible. Cuando los gauchos poblaban la pampa había tan pocos árboles que es probable que muchos jamás se sentasen a tomar mate debajo de un ombú. Además, ¿quién lo haría? Cuando el fruto del ombú se cae al suelo y se pudre produce un olor tan desagradable, que un pellejo de vaca secado al aire libre brindaría mucho mejor protección contra las inclemencias del sol pampeano que las hojas de un árbol de fruto venenoso para los mamíferos. Si cansados de la papeleta de conchabo y el reclutamiento forzoso, los gauchos decidían convertirse en matreros y escapar a lo que entonces era el desierto, el ombú dejaba de ser parte de su vida, porque como dijo Mansilla, en el desierto no había phytolaccae de ningún tipo. Ni siquiera en la literatura gauchesca es el ombú una presencia constante. Martín Fierro lo nombra una sola vez cuando, volviendo de su exilio en el desierto tras la muerte de su amigo Cruz, cuenta que,

“alcanzamos con salud
a divisar una sierra
y al fin pisamos la tierra
en donde crece el ombú”
(La vuelta de Martín Fierro, Canto X, estrofa 651)

… más correcto hubiese estado José Hernández si hubiese escrito “la tierra donde se planta el ombú”, pero la poesía no siempre entiende de razones científicas.

Es cierto que Rafael Obligado lo menciona al menos dos veces en su versión de Santos Vega. La forma en que lo hace es de lo más reveladora. En el segundo canto de su poema, “La prenda del payador”, Obligado canta rimando en un arte bastante menor,

¿Dónde va? Vese distante

de un ombú la copa erguida,

como espiando la partida

de la luz agonizante.

Bajo la sombra gigante

de aquel árbol bienhechor,

su techo, que es un primor

de reluciente totora,

alza el rancho donde mora

la prenda del payador.

No hay duda de que el ombú que Obligado tenía en mente era plantado y no, como él erróneamente creía, oriundo de la pampa. Pero obligado como estaba en crear su mitología, Rafael suspendió sus facultades críticas y prefirió su pampa mental a la real. Hilario Ascasubi, que también se dejó tentar por los delirios folklóricos y que escribió, desde París, sobre el gaucho ideal y no sobre el de carne y hueso, al menos pinta una imagen más verdadera de lo que debería haber sido la pampa de su tiempo,

Pues tan quemante era el viento

que del naciente soplaba,

que al pasto verde tostaba;

y en aquel mesmo momento

la higuera se deshojaba.

Y una ilusión singular

de los vapores nacía;

pues, talmente, parecía

la inmensa llanura un mar

que haciendo olas se mecía.
(Santos Vega o los Mellizos de la Flor, 1872, canto 1 La Tapera)

Aunque sea muy gauchesco, en este poema, como en la mayor parte de la pampa, no hay ombúes.

En resumen, ni autóctono de la pampa, ni hierba gigante sino árbol, y mucho menos gaucho de lo que quisieran los que, obsesionados con crear nuestra nación, se dedicaron a hacer daño a nuestra cultura científica y a alejar a generaciones del arte de leer en su empeño por imponer una literatura que está demasiado lejos de ser la mejor que a producido el Cono Sur.

Mi vida escolar en Argentina estuvo llena de tormentos. Algunos fueron provocados por los que ostentan la autoridad de la sotana, pero esa es la historia de casi todos los que hemos tenido que sufrir una educación católica, así que no los voy a aburrir con ello. Otras veces, las razones de mi sufrir no eran más que los monstruos creados por una razón que soñaba más de lo saludable para alguien que estaba en edad escolar. Había algo sin embargo, que me generaba mil contradicciones. Mi viejo es un científico de los de la vieja guardia, de esos que no distinguen entre las dos culturas de C. P. Snow, y que ven en las ciencias y en las letras no dos mundos separados, sino ramas del mismo tronco de ese árbol que es el esfuerzo humano por saber. De su biblioteca me robé las comedias de Aristófanes en griego, el gusto por los teoremas de Tales como desafío lógico, más que como pregunta de examen aprendida de memoria y la noción de que el orden de los conceptos es más importante que los conceptos mismos. Pero cuando estaba en el colegio era demasiado inmaduro para poderlo ver (¿quién no?). Cada vez que le hacía una pregunta sobre su campo de estudio, el reino vegetal, su respuesta casi nunca coincidía con lo que encontraba en el libro de texto. De vuelta en el colegio, contar lo que había aprendido en casa, que tantas veces contradecía las medias verdades del pensamiento folklórico sobre nuestra biosfera nacional, sólo provocaba la risotada de los que tienen más miedo a pensar que a la muerte y me producían una ingente sensación de ridículo, una cólera profunda y una amarga misantropía para con muchos de mis pares. Uno de los errores que mi viejo no se cansaba de discutir era el mito gauchesco sobre el origen y la ontología de la phytolacca dioica… pero claro, tener el apellido que uno tiene y atreverse a poner en cuestión una de los dogmas de una educación nacional que da más importancia a “hacer patria” que a la búsqueda crítica de la verdad, sólo podía generar hostilidad… especialmente después del ’82. Así que hoy, que mi viejo y yo celebramos nuestro trigésimo quinto aniversario compartido, me he dedicado a perder tiempo y a no hacer lo que tenía que hacer, sino a usar lo que aprendí de él para combatir a las huestes del error y a los creadores de fósiles mentales y poner mi pequeñito granito de arena en la educación científica y literaria de los párvulos que tienen que sufrir bajo el peso de las autoridades educativas del Río de la Plata. Menos folklore y más la cultura.

Feliz cumpleaños,

Tu primogénito
17 de abril 2009