Archivo de Febrero 2009

La ingenuidad de Savater

20 Febrero, 2009

En la edición del 17 de febrero de El País se publicó un artículo de Savater que adolece de dos de los grandes males que afectan a gran parte de la academia y del mundo intelectual hispánico, tanto en el Viejo Mundo como en el Nuevo. Por un lado, el de opinar sin saber de qué se trata y, por el otro, el de repetir lugares comunes que además de incorrectos, rayan en la imbecilidad y el racismo, y que denotan una tremenda incapacidad para elaborar pensamientos que tengan más de cuatro ángulos.

Poco me importaría todo ello si no fuera nada más que otro ejemplo del calamitoso estado intelectual del periodismo de opinión, porque todos sabemos que si lo dicen los diarios, es muy probable que no sea ni serio ni verdadero. El problema es que Savater es, en las dos orillas del Atlántico de habla hispana, una suerte de luminaria intelectual que convoca a muchos y es leído por más. Como hasta cierto punto soy producto de ese mundo, me niego a que Savater se salga con la suya y siga hablando sin pensar, escudado en esa patente de corso para decir tonterías que parecen profundas que es el título de catedrático.

El artículo en cuestión versa sobre los llamados “autobuses ateos”. Todo empezó, como la revolución industrial, en Inglaterra. Ariane Sherine, una escritora de guiones para comedias televisivas que también escribe columnas para el Guardian, vio un aviso en un autobús que se preguntaba si el Hijo del Hombre iba a encontrar fe en la Tierra en su segunda venida (Lc 18:8) y daba una dirección en la web donde encontrar la respuesta. Picada por la curiosidad, Ariane decidió visitar la página web en cuestión y, horrorizada, encontró que la promesa para los infieles era el tormento eterno en el infierno”. Ariane pensó que tal mensaje podría llegar a traer infelicidad a los que no somos tan fuertes como para rechazar bobadas y decidió contraatacar de manera inteligente. Con ayuda del blog de opinión del Guardian (Cif), comenzó una campaña para juntar dinero para pagar un aviso de autobús que diera un mensaje de optimismo y consuelo para los que no han sido tocados por la gracia de la fe. Aunque sólo planeaba juntar cinco mil libras, la chispa encendió una pradera, y en menos de un par de meses, Ariane recibió más de cien mil libras donadas por ateos y agnósticos de a pie. La campaña se internacionalizó, e iniciativas similares tomaron cuerpo en España, Italia y Estados Unidos. Tras mucho discutir, finalmente se decidió que el lema a propagar fuera “Probablemente Dios no existe. Despreocúpate y disfruta de la vida” (There’s probably no God, now stop worrying and enjoy your life),  que a Savater le parece “de una ingenuidad teológica propiamente… anglosajona, al estilo por un lado de Richard Dawkins y por el opuesto del poco añorado George W. Bush”.

 

El problema de la teología, es que permite opinar sobre las cosas más profundas e inescrutables a cualquier cretino con ínfulas de sabio. No por nada cuando queremos dar a entender que una discusión es totalmente baladí, le damos un significado teológico al estilo de la del sexo de los ángeles. Savater podría al menos haberse tomado el tiempo, que como académico le sobra, para enterarse del por qué de dicho caveat. En primer lugar, el “probablemente” no es necesariamente de naturaleza teológica, sino puramente leguleya. Como bien explicó Ariane en su momento, agregar una cualificación a una afirmación sobre el Ser Supremo era una forma de evitar contravenir el reglamento del Comité para la Práctica de Publicidad del Reino Unido (CAP por sus siglas en inglés) específicamente los artículos 3.1, 3.2, 5.1, 8.1, 9.1 y 11.1 que regulan el acto de “ofender”, en el que se escudan siempre los teócratas para acallar el disenso. Es cierto que los responsables de la campaña no se molestaron por dicha cualificación, ya que es un principio del pensamiento racional que no se puede establecer con un grado absoluto de certeza que algo no existe. Savater luego se enrosca en sus mismos pensamientos para decir más o menos lo mismo y después contradecirlo, eso sí, siempre intentando sonar original e inteligente…


Como ya dije, esto es pura especulación teológica y por lo tanto no seguiré discutiendo. Lo que realmente me molesta de Savater es el grado de ignorancia supina que demuestra sobre una cultura, que aunque hable en otro idioma, es también la suya. Ya perdí la cuenta de las veces que he escuchado a latinos hablar de la cultura anglosajona como si no fuera más que un rejunte de red-necks alimentados a Big Macs e incapaces de sutilezas mentales. No sé bien si eso esconde un miedo no tanto a lo desconocido (que ya es preocupante) como a lo propio (que lo es aún más), un racismo atávico o simplemente un enorme complejo de inferioridad. Savater, por oficio y beneficio, podría al menos haber intentado no caer en esa trampa y ser más agudo en sus percepciones; pero no, para él al noroeste del canal de la Mancha solo hay ingenuidad, y Richard Dawkins y George Bush son lo mismo.


Pues déjeme contarle, señor Savater, qué tan ingenuos son los británicos y los gringos. Podría uno empezar diciendo que sólo la Universidad de Edimburgo, por ejemplo, tiene más premios Nóbeles de ciencias que todo el mundo ibérico junto (el hispánico y el lusitano). Como el catolicismo ultramontano de la balsa de piedra no ha hecho más que perseguir la heterodoxia, a pocos sorprendería tal estadística. Un poco más ilustrativo, sería decir que sólo el MIT (Massachusetts Institute of Technology) cuenta en su haber con casi el doble de laureados en ciencias que Francia, una potencia Nobelística. Podría aventurarse que el Nóbel tiene una cierta predilección por el inglés y que el número de premios no es igual al número de ideas. Podría agregarse que tanto el Reino Unido como Estados Unidos tienen una política de compra de cerebros y que no todos sus Nobelados son vernáculos. Todo ello es cierto, pero si algo demuestra es que de ingenuidad, los anglos tienen poco.


Mucho más importante, sin embargo, es que esa supuesta ingenuidad étnica de la que habla Savater, es la que ha moldeado al mundo moderno tal como es como pocas otras tradiciones intelectuales teológicamente más versadas han podido hacerlo. Empezaría yo por David Hume, que puede arrogarse ser el padre de una filosofía libre de ataduras sobrenaturales, que es como hoy contemplamos y explicamos la naturaleza, aunque seamos religiosos. No me voy a olvidar de Isaac Newton, el teórico de una mecánica celeste que sabemos que funciona a escala planetaria y que condenó al olvido a ese tratado de filosofía natural que oscureció nuestra comprensión del mundo por casi dos milenios, la Física de Aristóteles. Este año hay que mentar a Charles Darwin, que revolucionó para siempre nuestro entendimiento de la biología y nos reveló el origen de la vida, además de descubrir nuestro vínculo genético con el resto de los seres vivos. También están, por supuesto, Alexander Flemming, un escocés que descubrió el látigo con el que hemos mantenido a raya a la huestes de la muerte temprana, Paul Dirac, a quien debemos gran parte de la revolución cuántica, que ha hechado por tierra siglos de metafísica banal sobre la naturaleza de la materia, y Bertie Russell, que inventó una nueva forma de hacer filosofía y que sabía usar su ingenio y mala leche como nadie. John Locke no puede faltar, pues sin él no hay constitucionalismo moderno, ni nada que se le parezca a nuestra forma actual de organizar el cuerpo político y la democracia parlamentaria basada en el contrato, que con todos sus defectos, es mejor que el reino hereditario y las naciones lingüisticas o étnicas de Fichte. De aquel lado del Atlántico también hay muchos, pero basta con recordar a Thomas Jefferson, que liberó al estado de las garras de la iglesia, a James Watson, el codescubridor de la estructura del ADN, que con cuatro elementos combinados ha revelado más sobre nuestro yo más íntimo que mil páginas de delirios Lacaneanos… y por supuesto, a Noam Chomsky, gracias a quien sabemos que la gramática no es tanto anglosajona o hispánica como universal, tal como lo son el ADN, la mecánica de la materia y la celeste, el árbol evolutivo de la vida y el riesgo de morir joven.


Savater, sin embargo, ha preferido obviar esta universalidad y repetir, con certeza teológica, una perla del parroquialismo tribal latino, que él dice no cansarse de aborrecer. Y yo hay veces que me pregunto si esta intrincada agudeza teológica que se imparte en nuestra universidades a golpe de autoridad y opinión alegre no es la que nos ha impedido, como íberos de las dos orillas, ser casi meros espectadores de la revolución intelectual menos ingenua y más transformadora de la historia de la humanidad. Porque lo que Savater llama ser ingenuo es para mí tener claro el pensamiento y escribir para ser entendido por el que lee, que es, como dijo Hobsbawn, la savia de la que bebe esa forma de pensar que nos ha regalado la isla de donde vinieron mis antepasados. Forma de pensar que ha intentado no sólo comprender el mundo, sino además cambiarlo y dejarse de pajas mentales de claustro, convento y seminario. Pues como dijo el poeta máximo de la lengua de los anglos “hay más cosas en el cielo y en la tierra, Fernando, que las boberías ingenuas de todos tus artículos” (Hamlet, Acto 1, escena 5, 166-167).


Juan,

Bielefeld, 20 de Febrero 2009