Hoy se cumplen treinta y cinco años de aquel otro 11 de Septiembre que truncó los sueños de tantos. Aunque la brutalidad teocrática lo haya relegado un tanto en el olvido, aquel otro undécimo día del noveno mes tuvo un impacto histórico mucho más importante del que hoy pareciera tener el nine-eleven. La guerra contra el terror ya estaba planeada desde antes y tuvo su primera batalla durante los años Clinton, cuando una fábrica de medicamentos sudanesa sirvió de chivo expiatorio para exorcisar los golpes de la Jihad. Mohammed Atta y otros idiotas útiles como él sólo dieron un pretexto para incrementar el ritmo de lo que ya estaba en movimiento.
Aquel otro 11 de Septiembre, en cambio, desató las fuerzas de la irracionalidad monetarista, que hasta hoy constituyen el programa del capitalismo post-industrial que nos toca sufrir. Aquel otro 11 de Septiembre hundió en un baño de sangre el imperativo ético de una lucha política centenaria contra el reparto inequitativo de los recursos económicos, culturales y espirituales de nuestra sociedad. Aquel otro 11 de Septiembre dejó bien claro hasta donde van a llegar los potentes con tal de mantener sus privilegios. Y aquel otro 11 de Septiembre segó la vida del más grande demócrata de la Américas, Salvador Allende, un socialista que siempre respetó escrupulosamente la más larga tradición republicana del mundo Hispano (que los traidores se encargaron de asesinar), que jamás hizo caso a los agentes de la KGB que le aconsejaban usar la fuerza contra su propio pueblo, y que encarnó los deseos de justicia y felicidad para el mayor número que exhudaban las piedras desde el Paine a Chuquicamata.
Compañero Salvador, ¡juntos pisaremos las calles nuevamente!