Viendo a los españoles festejar el triunfo merecido de su selección, uno no deja de sorprenderse por la poca capacidad inventiva de los peninsulares a la hora de alentar a su equipo preferido. La clase obrera inglesa ha hecho de los himnos futboleros un signo de identidad. Sea en el Maracanã, el Morumbi, o cualquier otro estadio, los brasileños le agregan ritmo al juego sambando en arte menor y mayor. En Argentina los partidos se juegan casi más en la tribuna que en la cancha, y las aficiones rivales compiten por demostrar la mayor inventiva posible en la elaboración de cantares de gesta poliestróficos con los que estimular a su esquadra de elección. En España, en cambio, desde el Camp Nou al Bernabeu, pasando por San Mamés (o delante del televisor, que para el caso es lo mismo), lo más elaborado que llega a oírse es un arítmico “¡a por ellos!”.
No es que a mí, por ser latinoamericano, tal secuencia preposicional me suene anómala; porque a mi modo de ver las varientes dialectales, aunque sean minoritarias, son las que le dan al idioma su riqueza y su vitalidad. Tampoco es que me importe mucho la vulgaridad de una locución que, según la Real Academia y María Moliner, las personas cultas e instruídas deberían evitar; porque los pueblos hacen las lenguas, y no al revés, y lo que ayer era vulgar en latín, hoy es a la vez culto y común en castellano. Tal vez me moleste un poco la semántica que se esconde detrás de un grito bárbaro, que me trae a la mente imágenes de una horda envalentonada persiguiendo minorías en una noche de cristales rotos. Lo que más me incomoda, sin embargo, es la incapacidad supina de los peninsulares para cantar rimando cuando ven un partido de fútbol.
Quien haya vivido “entre gallegos” y los haya visto batir palmas sabrá que si algo no le falta a los españoles es ritmo. España, además, casi más que cualquier otro país europeo occidental, tiene un tradición de más de ochocientos años de mester de juglaría. El cantar popular español se nutre de monumentos literarios como las Cantigas de Alfonso el Sabio, escritas en lengua galaica, els trobadors catalanes, los bertsolari vascos, la lírica de Sefarad, el cante jondo gitano y el romancero castellano. Tan importante ha sido esta tradición, que Gerald Brenan, un inglés errante que dedicó su vida a estudiar España y su literatura, llegó a decir que la poesía lírica era el mayor logro literario español, y que la razón de este éxito se encontraba en la existencia de una “perenne” poesía popular cantada, que “fluye como un río subterráneo por debajo de la superficie” (Brenan, G. (1951) The Literature of the Spanish People. Cambridge, pp. 456-458; publicado en castellano por Crítica). Nada de eso parece tener influencia alguna en las canchas de fútbol del reino Borbónico.
Es ya un lugar común, aunque no por común menos cierto, decir que el fútbol es el opio de los pueblos. En España, sin embargo, eso es sólo parcialmente verdadero. El opio al menos produce una teratología en la mente del fumador como no puede hacerlo siquiera el sueño de la razón y ha inspirado a más de uno a escribir literatura de la buena. Más que opio, el fútbol en España es como el fruto que los compañeros de Ulises comieron en la isla de los lotófagos, que les hacía perder toda memoria de su pueblo, de su historia y de su lengua.
Juan
Edinburgo, 2 de julio 2008
PS: Hay en España muchos cretinos hemiglósicos que viven de sostener una permanente guerra lingüística que no busca más que empobrecer y fosilizar la cultura y negar al pueblo español el disfrute de lo que es suyo por propio derecho. En honor de millones de españoles hay que decir que estos enanos mentales no han logrado imponer su sinrazón y que la mayoría no ve en la riqueza lingüística de España un problema, sino un preciado patrimonio a cuidar y hacer valer y del que se puede estar orgulloso. Muchos hombres y mujeres de buena voluntad han hecho ingentes esfuerzos para preservar esta riqueza y para darla a conocer a cuántos más mejor. Es cierto, sin embargo, que en el reparto, los que han salido perdiendo, han sido los castellanos. Los gallegos tienen tres idiomas, el galego, el castellano y el portugués. Los vascos tienen la dulce lengua del diablo además del castellano y los catalanes tienen, a través de su lengua, la lenga d’òc y hasta el provençal. Para contribuir mi granito de arena en la educación de mis cohablantes castellanos de la península ibérica, y para alentarlos a descubrir un tesoro que es suyo y que algunos se empeñan en quererles robar, decidí hacer una pequeña lista de antologías de poesía en las diversas lenguas de España que encontré en la biblioteca de la universidad. Por el tema de mi libelo, me concentré en la poesía juglaresca. Hay mucho por descubrir y agregar y estoy lejos de ser un experto, así que acepto sugerencias y correcciones.
Alejandro Gonzáles Segura (ed.) (2008) Romancero. Madrid. Alianza Editorial.
Paloma Díaz-Mas (ed.) (2001) Romancero. Barcelona. Crítica. (edición crítica casi para expertos que se complementa “con un disco compacto que recoge una docena de romances en grabaciones, de absoluta autenticidad folclórica, procedentes de todas las zonas en que sobrevive el romancero, de la Península a Hispanoamérica o, entre los sefardíes, desde Oriente hasta Marruecos”)
Martín de Riquer (ed.) (1997) Antologia de poetes catalans: un mil.leni de literatura: época medieval. Barcelona. Galaxia Gutenberg. (además de ser la edición del máximo experto en la materia, es un objeto bello)
J.M. Castellet y Joaquim Molas (eds.) (1969) Ocho siglos de poesía catalana: antología bilingüe. Madrid. Alianza Editorial.
Carmen Martín Gaite y Andrés Ruiz Tarazona (eds.) (1972) Ocho siglos de poesía gallega: antología bilingüe. Madrid. Alianza Editorial.
La poesía de euskal bertsolariak sigue siendo oral, y como todo lo que se improvisa, varía mucho en calidad. Desconozco si ya existe una antología de bertso popular vasco, pero es probable que la haya. La buena noticia es que el euskera ha abandonado su condición de lengua rural y en menos de dos generaciones ya ha producido un pequeño cánon de gigantes. Aresti, Atxaga y Sarrionaidia han dejado de ser exclusivamente vascos y se han transformado en universales. Ojalá llegue pronto el día en que en todas las escuelas de España se lean “Nire aitaren etxea”, “Antzinako bihotz” y “Esklabu erremintaria” como parte del currículo.