Categorías argentinas

By Juan P. Lewis

Acabo de leer una entrevista en Página12 a la presidente electa de mi atribulada patria, Cristina Fernández. En un momento bastante avanzado de la entrevista, el periodista le pregunta sobre “el perfil político de este gobierno y del que viene”. Fiel a su militancia juvenil, la futura presidente responde sin tapujos:

–Popular y democrático.

El periodista, sorprendido, dispara:

–¿Nacional ya no?

… y es ahí donde Cristina Fernández nos regala una joyita típica de intelectuales argentinos (porque en términos Gramscianos, los políticos también son intelectuales). La presidente electa intenta explicarse y afirma que no es posible ser popular sin ser nacional, porque en eso ella es …

– … muy jauretcheana. [El perfil del gobierno es] profundamente popular y democrático, lo defino sin valerme de categorías europeas. Lo es por su impronta, por su modelo de acumulación, por su manera de interpelación, su modo de relacionamiento (sic).

No voy a caer en el la “falacia del hombre de paja” y decir que resulta extraño que una mujer de nombre griego y apellido gallego-leonés diga, en una de las lenguas europeas más extendidas del planeta, que ella “no se vale de categorías europeas”. La misma frase está plagada de una jerga y una forma de entender las cosas que, si se rasca un poco, tiene casi nada de criollo. Tampoco voy a agarrarme del hecho de que durante toda la entrevista, Cristina Fernández utilizó constantemente una serie de categorías que fueron elaboradas allende el río Bravo y el Atlántico. Por ejemplo, Cristina Fernández quiere que se la recuerde como una mujer que como presidente “hizo honor al género”. A esta altura de la noche, sería difícil decir con seguridad quien utilizó por primera vez esa definición. Aún así, podríamos darle crédito a quienes dicen que no fueron gentes de sangre criolla y que, posiblemente, le debamos el concepto al norteamericano John William Money. La presidente electa también usó conceptos muy al estilo de los análisis sociológicos de los gringos como “modelo de acumulación” y dijo que a su marido, Néstor Kirchner, actual presidente de la Argentina, le gusta definirse como un discípulo de Sir John Maynard Keynes, que fue alumno de la ultra elitista “escuela pública” Eton y estudió en el King’s College de Cambridge, es decir, en las instituciones más inglesas en las que uno pueda pensar. Para rematarla, Cristina, que a esta altura ya hay confianza, hace alarde de lo que a su modo de ver es uno de los grandes logros del gobierno de su marido: el haber bajado el coeficiente de Gini. Esta es una medida matemáticamente calculada del índice de desigualdad de un grupo humano determinado. Corrado Gini era italiano y no estuvo nunca en la Argentina.

Pero yo no quiero hacer crítica fácil. Lo que me importa es que Cristina reproduce un prejuicio que es muy común en Argentina y que se usa muchas veces como excusa tanto para no admitir que a nosotros mismos nos cuesta entender nuestro país, como para justificar lo injustificable con la excusa de que “los de afuera no nos entienden”, lo que es mucho peor. Ese prejuicio es el que piensa que las categorías tienen nacionalidad. Nada más falso. Las categorías son herramientas analíticas para explicar la realidad. Como tal son abstractas, y no tienen una relación directa con una realidad concreta. Una categoría puede servir peor o mejor para explicar un fenómeno determinado. Donde se desarrolló, o por quién, o bajo qué circunstancias es absolutamente irrelevante. El contexto nacional y las circunstancias históricas en que un fenómeno tiene lugar son accidentes. Por supuesto que la naturaleza de los accidentes determina las conclusiones de nuestro análisis, pero eso es secundario a la hora de elegir las categorías analíticas que vamos a utilizar. Ahora bien, como acabo de decir, las categorías son herramientas. Si no permiten entender una realidad concreta, no sirven, y hay que usar otras. Un martillo sirve para clavar clavos, pero para comer spaghetti hemos inventado el tenedor. Es verdad, si queremos podemos usar un tenedor para clavar clavos y llevarnos los spaghetti a la boca usando un martillo; pero les aseguro que es un engorro. Así que si nuestro objeto es analizar la realidad argentina (o boliviana, o uzbeka, o somalí), lo importante es que elijamos las categorías correctas y que les demos el orden conceptual adecuado. Lo demás es paja mental.

A esta altura del partido, ustedes se preguntarán, qué hago yo robándole horas al sueño y escribiendo esta diatriba sobre una entrevista que mañana no será más que recuerdo. La verdad es que lo que me preocupa es la idea que subyace detrás del prejuicio mentado, que desde mi punto de vista es bastante siniestra. A los argentinos nos gusta creer que somos especiales. Nos gusta creer que todo lo que pasa en nuestro país es hasta cierto punto el resultado de arcanos inescrutables que sólo pueden ser descifrados por iniciados en esa condición casi sacerdotal que es la argentinidad. Esa actitud nos ha traído más de un enemigo en el resto de América Latina y basta conocer a algún mexicano, colombiano, venezolano o guatemalteco, para darse cuenta de que, tal vez, no seamos tan geniales. Como todo prejuicio esa actitud se basa en una falta de juicio y escrutinio crítico de la realidad. Nos impide ver más allá, nos hace creer superiores y no nos permite darnos cuenta de que, tal vez, la Argentina no sea un país tan original. Yo podría llegar a apostar que no existe un solo hecho en la historia de Argentina como estado que no haya estado profundamente determinado por el devenir de los acontecimientos al norte del ecuador, y que no existe un hecho de la historia argentina que no se puede explicar con conceptos y categorías desarrolladas vaya uno a saber donde. Sin embargo, a diario, nosotros los argentinos queremos convencernos de que a nuestro país sólo lo podemos entender nosotros y que a cualquiera que opine desde afuera y diga algo que nos duela, lo podemos ignorar con la excusa de que es un “foráneo” (o que ya no vive más ahí, como el autor de este ensayito). Porque en eso, ese prejuicio del que hablo no falla nunca. En Argentina, ha sido usado una y otra vez para acallar la crítica y el disenso.

La idea de que existe un pensamiento argentino y unas categorías argentinas es un invento ideológico de la Generación del ‘80, que es la única generación en la historia del país que ha logrado convertir sus intereses en los intereses del estado. Entre los inventores de tal delirio podemos encontrar a Miguel Cané y José María Ramos Mejía. Esos señores elegantes y pitucos pertenecían a una clase cuyos miembros se veían a si mismos como la verdadera Argentina, de la que se creían dueños por una especie de mandato divino. Es esa misma generación la que inventó la idea de que existen ideas foráneas, perversión ideológica que tenía como objeto acallar al movimiento político más digno, más comprometido con el argentino de a pié y mas honesto que jamás ha tenido el país que tanto me duele: el anarquismo, que en la versión que conocemos nosotros tuvo un origen ruso, fue importada por italianos y se organizó como los Cartistas ingleses, pero que era antes que nada universal e internacionalista. Extraño que una mujer que se dice peronista se jacte de reproducir el modo de pensar de unos oligarcas vacunos…

Juan P. Lewis

Edimburgo, madrugada del 26 de noviembre de 2007

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